Agua

Esta contaminación multiforme del agua de nuestro planeta plantea, para las clases acomodadas, la cuestión del modo de vida, de la industrialización a ultranza, de la agricultura y de la ganadería intensivas, del empleo cada vez más grande de productos químicos muy diversos para los cuidados de la piel y la lucha contra las arrugas, pasando por los medicamentos, los plásticos en el coche, los muebles y la ropa. Todos estos productos terminan, en grado mayor o menor, en la hidrosfera: un pequeño arroyo de agua cerca de Londres arrastra por año no menos de cien kilogramos de ácido acetilsalicílico (alias aspirina) que no puede eliminar la estación de depuración. Una revisión drástica del modo de vida vendrá tarde o temprano. Hay que esperarla. No sería posible indefinidamente tratar de vencer los nitratos o los pesticidas en el agua sin hacer el intento de detener la polución en el manantial. Pues -incluso si el tiempo político no coincide con el tiempo ecológico- es útil recurrir a estas palabras de Bossuet: "Uno se aflige por los efectos pero se acomoda a las causas". Se trata de una política de muy corto alcance.
En la magnitud de las medidas que sean adoptadas se podrá apreciar si existe una crisis del agua. Muchas personas, muchos grupos de presión, tienen interés en limitar este espectro pues, a semejanza del bombero pirómano, son los primeros en proponer soluciones a "la crisis" mientras que, en este mundo complejo, los que originan la contaminación son los mismos que tienen intereses en las plantas de desnitrificación. De hecho hay que evitar las conclusiones categóricas: después de un informe que data de abril de 2003, para los países de la OCDE, el consumo total de agua por cabeza ha bajado cerca del 11% desde 1980, pero queda mucho por hacer todavía: eliminar la contaminación, proteger los acuíferos y suprimir las subvenciones agrícolas que arruinan a los campesinos de los países del Sur. Además, la agricultura en los países de la OCDE, según este informe, consume el 45% del agua dulce.
Mundialización neoliberal obliga; la gestión del agua se traslada a las empresas privadas con un alza —regular— de precios, transacciones turbias, sobreendeudamiento de los países pobres conminados por los organismos financieros internacionales a ceder su red.
Regularmente, los medios se hacen eco de nuevos conflictos o de nuevas catástrofes sanitarias causadas por el estrés hídrico, las inundaciones, las sequías, la deforestación, el cambio climático. Las conferencias internacionales se suceden a un ritmo sostenido. El agua contaminada mata a 6.000 niños por día. Para "visualizar" esa cifra, imaginaos que unos 15 Boeings se caen o se hunden en el mar diariamente... ¡y que el noticiero televisivo de ocho horas no dice ni pío! La cuestión del agua interpela a la humanidad en el plano ético y en el de la justicia y la solidaridad.
Pero los conflictos del agua se multiplican en los Estados Unidos, donde los Estados se despedazan mutuamente ante la justicia a propósito de este o aquel río, esgrimiendo incluso cartas otorgadas en 1632 por el rey Carlos I; en otro Estado de estructura federal, la India, las víctimas de la penuria de agua se cuentan por miles y en Madhya Pradesh, los camiones cisterna son escoltados por guardias armados para impedir que las multitudes sedientas los secuestren. En el Medio Oriente, la injusticia perdura en Palestina, los toques de queda duran semanas en las ciudades donde la red de agua ha sido destruida concienzudamente por el ejército de ocupación y el agua de los palestinos no depende, desde 1967, más que del buen deseo de los gobernadores militares israelíes.
El agua es, en primer lugar una cuestión política y ética. Ninguna cuestión merece más atención que ella por parte de la humanidad. Rige la paz universal y el futuro de todo lo Vivo.


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