Agua
Está claro que el agua es el recurso natural critico que puede provocar, a nivel local, regional e internacional, tanto problemas como oportunidades de cooperación. Esa es la razón por la cual, en la primera parte de la obra, insisto mucho en el simbolismo, en el hecho de que el ciclo del agua nos vincula a todos, los unos con los otros, como nos vincula a la Madre Naturaleza según dicen los pieles rojas; insistimos en su presencia en nuestros imaginarios, en nuestro lenguaje y sus metáforas, en nuestros modos de vida, en nuestros comportamientos y en la historia de nuestros países y de sus civilizaciones. La ciencia no conoce todo de esta pequeña molécula triatómica, y que nos falta todavía por aprender sobre ella: el agua da a los hombres una lección de modestia.
En este planeta que los cosmonautas ven "azul", el agua existe en cantidad finita y está muy mal repartida: ¡que se compare la parte del precioso líquido que corresponde a Islandia y la que le corresponde a... Yibutí o a Kuwait, por ejemplo!
Aparte de esos datos físicos, los maltusianos ponen su grano de sal y fingen olvidar la cuestión de la competencia furiosa entre los grandes sectores económicos por el recurso: agricultura, industria, turismo... al igual que fingen olvidar las enormes disparidades en el consumo de agua que existen entre las naciones y su gestión, inadecuada en numerosos países.
A este respecto, el ejemplo de Argelia es significativo, pues, si bien ese país sufre de sequía, sufre sobre todo de burocracia y de falta de voluntad política para encontrar una solución a la cuestión del agua, que hace sufrir intensamente al pueblo argelino desde hace decenios. La tecnología tiene un papel que jugar, ciertamente, pero la solución vendrá sólo de parte de un liderazgo responsable y de una voluntad común de trabajar juntos para dejar atrás las divergencias habituales.
El odio, la injusticia, el menosprecio a los demás deben ser dejados a un lado para ceder el lugar a la cooperación, al diálogo y a la solidaridad. Sin eso, se corre el riesgo de no tener más agua para apagar los incendios que encienden las guerras -intestinas y entre naciones- por el agua. Pero no nos fiemos de conclusiones apresuradas y pesimistas: existen éxitos en la buena gestión del agua cuando los hombres y las mujeres toman en sus manos sus destinos, cuando se aunan los conocimientos y la sabiduría tradicionales con los conocimientos científicos sobre el suelo y sobre las plantas: desde Níger, donde las mujeres hacen que el desierto florezca, hasta Rajasthan pasando por Burkina Faso, abundan los ejemplos. En los países desarrollados, los combates que encabeza la sociedad civil para preservar el agua, bien común de la humanidad, comienzan a dar sus frutos y han inscrito la cuestión del agua en el orden del día de las instancias internacionales. Por añadidura, han acelerado la toma de conciencia en cuanto a la importancia del problema del agua de las sociedades industrializadas y en ocasiones colocan a la defensiva a los negociantes en agua al deshacer sus maniobras y recurrir a la ley.
También he intentado demostrar que la contaminación es, a comienzos de este siglo, una fuerte e insidiosa amenaza que pesa sobre este recurso vital, y contribuye a su enrarecimiento: un acuífero contaminado está condenado por un período muy largo. El ejemplo está ahí, con el acuífero fósil de dos millones de años de antigüedad de Arabia Saudí, contaminado por los carburantes y los productos de mantenimiento de los aviones estadounidenses utilizados durante la primera guerra del Golfo. El hecho nuevo, con la globalización, consiste en que esta amenaza no perdona ni al Norte ni al Sur, incluso si la minoría que consume el 80% de los recursos del planeta tiene mucho más medios para contrarrestar, momentáneamente, el avance del peligro.