Acceso desigual
La crisis global del agua afecta a todo el planeta sin excepción. Por ejemplo, el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (Natural Resources Defence Council) afirma que en una nación rica como Estados Unidos unos 53 millones de americanos —es decir, una quinta parte de la población— beben agua del grifo contaminada con plomo, bacterias fecales u otros contaminantes graves. Por desgracia, según la Agencia para la Protección Medioambiental, entre 1995 y 1998 los brotes epidémicos asociados con las fuentes de agua del subsuelo crecerán casi un 30 % en Estados Unidos.
Es evidente, de todos modos, que los pobres del mundo van a cargar con las consecuencias más duras de la crisis, tanto si hablamos de enfermedades vinculadas al agua como de una escasez extrema. Un informe del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas a la Comisión para el Desarrollo Sostenible de esta misma organización afirma que tres cuartas partes de la población que vive en situación de escasez de agua pertenecen a países del Tercer Mundo. En términos generales, este problema afecta al 26 % de la población mundial. Según prevé la citada Comisión, para el año 2025 los ciudadanos de los países poco desarrollados que experimentarán problemas de disponibilidad de agua equivaldrán al 47 % de toda la población mundial. Es más, la gran mayoría d$ las me-galópolis en las que más del 50 % de la población no tiene acceso al agua limpia están situadas en el Tercer Mundo, y el ritmo más rápido de crecimiento en estas ciudades corresponde a los suburbios. Según las Naciones Unidas, para el año 2030 más de la mitad de la población de estos desmesurados centros urbanos vivirán en los suburbios de estas ciudades sin acceso alguno al agua o a los servicios sanitarios.
Se ha dicho en repetidas ocasiones que la explosión demográfica es una «bomba de agua» preparada para explotar. Sin duda hay algo de verdad en esta preocupación. La población mundial crece cada año unos 80 millones de personas que tienen que compartir unas reservas de agua dulce en constante disminución. Curiosamente, como subraya el especialista en temas de agua Riccardo Petrella, este argumento sólo les sirve a algunos de excusa para acusar al Tercer Mundo, donde se está produciendo el mayor incremento demográfico, pasando por alto el hecho de que la gente que vive en los países del Norte consume mucha más agua —entre otros bienes— que los habitantes de los países del Tercer Mundo.
La quinta parte más rica del mundo consume el 86 % de todos los bienes. Como explica Petrella, un niño nacido en Occidente, o un niño rico del Sur, consume entre 40 y 70 veces más agua, por término medio, que otro nacido en el Sur que no tenga acceso al agua. En América del Norte cada persona consume 1.280 metros cúbicos de agua al año; en Euro-
pa, 694; en Asia, 535; en América del Sur, 311; y en África, 186. Aunque por término medio los europeos consumen sólo la mitad del agua que el promedio de los habitantes de América del Norte, sus niveles de consumo son altos si los comparamos con los de los ciudadanos de los países no industrializados. Pero, irónicamente, según datos de las Naciones Unidas, los europeos gastan 11.000 millones de dólares cada año en helados, ¡2.000 millones más de la cantidad que se estima necesaria para dotar de agua limpia y un alcantarillado seguro a la población mundial!
La diferencia en los niveles de consumo del Norte y del Sur refleja en parte el hecho de que unas partes del planeta disponen de mayores reservas de agua dulce que otras, aunque esto no lo explica todo. Por ejemplo, los australianos, que ocupan la masa de tierra más seca del planeta, consumen 694 metros cúbicos al año —la misma cantidad que los europeos—, porque su cultura consumista les lleva a malgastar elevadas cantidades de agua. Por el contrario, China dispone de casi tanta agua dulce como Canadá, pero las exigencias de la población y la contaminación de sus aguas superficiales hacen que el primero de los dos países citados sea considerado una zona de crisis.
El volumen del agua consumida por los países del Norte es claramente desproporcionado en relación con el consumo mundial, en parte debido a los hábitos y estilos de vida individuales de sus habitantes. Los ciudadanos de los países más ricos simplemente dan por garantizado el suministro de agua o están en condiciones de comprarla, aunque sea cara. Y su estilo de vida —vehículos deportivos todoterreno, campos de golf dotados de sistemas de riego automático por aspersión, piscinas, e inodoros que consumen 18 litros de agua cada vez que se utilizan— exige enormes cantidades de agua. Otro factor importante que determina la diferencia en el consumo es la utilización del agua en la industria. Aunque la globalización está difundiendo la industrialización por todo el planeta, la mayor parte de las industrias en encuentran todavía en el Norte. Y donde hay industria, el consumo de agua es galopante. Si bien es verdad que la agricultura es la responsable de la mayor parte del agua que se consume en el Tercer Mundo, la industria consume tanta agua como la agricultura en América del Norte y casi dos veces más que la agricultura en Europa. Los recursos hídricos de los llamados países desarrollados no son todavía tan escasos como los del Tercer Mundo, aunque el consumismo típico del estilo de vida de los países ricos les lleva a derrochar el agua de que disponen.
Tanto los norteamericanos como los europeos se han adentrado por un camino que los conduce a la escasez de agua. Hasta ahora, estas naciones parecen disponer de abundantes recursos hídricos, pero éstos no son infinitos, y las actuales tasas de consumo conducirán al agotamiento, especialmente si tenemos en cuenta que los países no industrializados tratan de emular los estilos de vida de los americanos del Norte. De continuar estas tendencias, con el tiempo estamos condenados a vivir en un planeta escaso en recursos acuáticos. Si queremos hacernos una idea de cómo va a ser ese futuro, no tenemos más que echar un vistazo al Tercer Mundo actual. En algunos países superpoblados de Asia, África y América Latina, el incremento masivo de residuos animales y humanos, intensificado por el establecimiento de granjas industriales, está exponiendo cada vez a más personas al cólera y otras enfermedades mortales causadas por la bacteria E. coli. La mayor parte de los gobiernos locales ni siquiera disponen del cloro necesario para tratar el agua que consumen sus conciudadanos. Y donde las comunidades locales decidieron en otro tiempo volverse a los acuíferos y las bombas manuales para evitar el problema de la contaminación del agua superficial, los residuos químicos y humanos que se han filtrado en esas fuentes han convertido ahora en igualmente peligrosa el agua subterránea. En China, el 80 % de la población bebe agua contaminada. En Papua Nueva Guinea, una cuarta parte de sus habitantes vive en condiciones críticas por carecer de agua limpia, a pesar de que el país tiene importantes recursos acuáticos. Y en la India, el 70 % de la población no dispone de un sistema de drenaje adecuado. En Manila, la capital de Filipinas, la escasez de agua afecta al 40 % de los habitantes, y en la mayor parte de las ciudades del Tercer Mundo sus habitantes solamente disponen de agua algunas horas cada día o algunos días de la semana.
Los moradores de África han sufrido de manera especial a causa del mal estado del agua. De los 25 países que según datos de las Naciones Unidas tienen menos posibilidades de acceder al agua segura, 19 son africanos, y los habitantes de África presentan la tasa más alta de muertes por diarrea, así como un elevado número de casos de malaria y otras enfermedades relacionadas con el agua. En Nairobi, el agua es tan escasa que los habitantes de las chabolas han comenzado a pinchar las tuberías de las aguas residuales. Para cerca de 15 millones de sudafricanos, la fuente más próxima de agua está como mínimo a un kilómetro de distancia. Según Water Policy International, las mujeres sudafricanas en conjunto caminan cada día para buscar agua una distancia equivalente aló viajes de ida y vuelta a la Luna.