Aguas mortíferas
La mitad de los habitantes de nuestro planeta carecen de los servicios sanitarios básicos. Cada vez que beben agua están ingiriendo «asesinos hidroactivos». Por eso, no tiene nada de extraño que el 80 % de las enfermedades que afectan a los habitantes de los países pobres del Sur se adquieran al beber agua no apta para el consumo. Las estadísticas tienen que hacernos pensar: el 90 % de los residuos acuáticos del Tercer Mundo va a parar a los ríos y arroyos locales sin pasar por tratamiento alguno; los agentes patógenos hidroactivos y la contaminación matan a 25 millones de personas cada año; cada ocho segundos muere un niño por consumir agua contaminada; y cada año la diarrea mata a casi tres millones de niños, lo que equivale a una cuarta parte de todas las muertes que se producen en este grupo de edad. El deterioro de la calidad del agua en el mundo ha provocado también que enfermedades como la malaria, el cólera y la fiebre tifoidea se presenten más a menudo en muchos lugares en que todavía no han sido erradicadas. Más concretamente, proliferan en condiciones de elevada densidad de población, escasos servicios sanitarios y pobreza. Entre 1990 y 1992, el número de personas afectadas de cólera en el mundo pasó de 100.000 a 600.000 personas, y esta cifra continuó aumentando a lo largo de la década, aunque no de forma tan pronunciada.
En 1991 un caso de contaminación provocó un brote de cólera especialmente grave. Ese año un barco de nacionalidad china vertió sus aguas fecales en una bahía de Lima (Perú), y en el espacio de tres semana el cólera se había difundido por toda la zona costera circundante provocando diarrea aguda, deshidratación crítica y en algunos casos la muerte. Sólo durante el primer año murieron unas 3.000 personas en Perú. Durante los dos años siguientes este brote único contaminó sucesivamente el suministro de agua de todos los países de América Latina, menos de dos, infectando a 500.000 personas.
Los habitantes de África padecen una larga serie de enfermedades relacionadas con el agua. Se calcula que unas 200.000 personas están afectadas de esquistosomiasis, o bilharziosis, una enfermedad transmitida por caracoles de agua que se encuentran a menudo en el agua de riego procedente de los pantanos. Causa cirrosis del hígado y daños intestinales. Unos 18 millones de africanos padecen oncocerciasis, o ceguera de río, transmitida por una filaría que desova en ríos sucios. Y durante la guerra civil de Sudán, en 1997, miles de personas que, al huir de la guerra, habían bebido agua en pésimas condiciones en los campos de refugiados contrajeron la enfermedad del sueño, una brutal infección inoculada por la mosca tsetsé.
Algunos organismos patógenos (Cryptosporidium, E. coli, Giardia) están directamente vinculados con las aguas fecales poco o nada depuradas, y además se restablecen. Su desarrollo se debe a la gran cantidad de aguas fecales humanas y animales que se filtran en el agua potable. En algunos casos, estos brotes infecciosos son el resultado de la aglomeración de personas viviendo en muy poco espacio, al lado mismo de las fuentes de agua que utilizan para beber sin haberla depurado previamente. En África una familia puede verse obligada a defecar en un lugar muy próximo al pozo de donde extrae el agua, y si tienen animales, éstos tal vez estén en las mismas condiciones. En Filipinas, un niño en un suburbio de chabolas no tiene a menudo otro remedio que defecar cerca del depósito de agua de la familia, y aldeas enteras pueden verse obligadas a beber agua de un río en el que sobrenadan heces sin depurar. En otros casos, los recortes presupuestarios del gobierno de turno afectan a la calidad del agua potable. En Canadá, el gobierno de la provincia de Ontario recortó drásticamente el presupuesto del Ministerio de Medio Ambiente, echó por tierra la infraestructura de protección del agua y prescindió de los servicios de muchos expertos en el análisis del agua. Parte del trabajo de análisis realizado previamente por trabajadores del gobierno se confió a laboratorios privados de análisis. Después, en 1999, un estudio del gobierno federal de Canadá reveló que una tercera parte de los pozos rurales de Ontario estaban contaminados con E. coli, y en junio de 2000 siete personas al menos, entre ellas un bebé, murieron tras beber el agua contaminada en la pequeña ciudad de Walkerton.
Volviendo a África, el aumento de la deuda externa durante las décadas de 1980 y 1990 obligó a muchos países del continente a recortar gastos en el agua y los servicios sanitarios destinados a sus ciudadanos. Estos son sólo algunos de los países del Tercer Mundo que todavía están dedicando el 70 % de sus presupuestos nacionales para refinanciar sus deudas con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Las trágicas consecuencias de esta política las ha puesto de relieve Peter Gleick, del Instituto Pacífico para el Estudio del Desarrollo, del Medio Ambiente y de la Seguridad, un prestigioso grupo de reflexión sobre los problemas del agua con sede en California. En Nairobi, el dinero destinado a pagar el agua se redujo a una décima parte en apenas cinco años durante la década de 1980. En Zimbabue, el 25 % de los surtidores de agua en las aldeas cerró cuando el gobierno recortó en más de la mitad los fondos dedicados al mantenimiento. Las tasas de disentería en Kinshasa se dispararon en 1995 cuando se agotaron los fondos para la cloración del agua, y los casos de cólera y las muertes aumentaron dramáticamente.
En Sudáfrica, un brote reciente de cólera se ha vinculado directamente a la decisión del gobierno de cortar el suministro a quienes no pudieron pagar sus facturas del agua. En la provincia KwaZulu-Natal enfermaron de cólera más de 100.000 personas; de ellas, 220 murieron en los diez meses siguientes a agosto de 2000, después que el gobierno sudafricano, presionado por el Banco Mundial, aplicase un programa de «contención del coste» y retirase el agua y los servicios sanitarios a muchos miles de ciudadanos que hasta entonces habían disfrutado gratuitamente del agua que necesitaban.
Algunas enfermedades se vinculan a la contaminación moderna y afectan a los habitantes de los países industrializados del Norte tanto o incluso más que a los habitantes del Tercer Mundo. El plomo se ha relacionado con la pérdida de inteligencia y los problemas de comportamiento que muestran algunos niños tanto en el Sur como en el Norte. En el subcontinente indio el fluoruro ha envenenado a 60 millones de personas. La combinación de derivados que se utilizan en la limpieza de los hogares y en la desinfección industrial, juntamente con el cloro añadido al agua, podrían haber influido en algunas muertes por cáncer. El arsénico se ha relacionado con los cánceres de próstata, de piel y de pulmones. A lo largo de la última década se han encontrado altas concentraciones de este veneno en Bangladesh, donde una de cada cinco bombas de agua se contaminó con altos niveles de arsénico. Aunque en estos casos el arsénico se produjo naturalmente, y no como resultado de los bombeos tóxicos, la gente se ha visto obligada a excavar pozos muy profundos debido a la grave escasez de agua y a la polución. De no haber tenido que excavar tan profundamente, se habría podido evitar el arsénico.
La Agencia para la Protección Medioambiental (EPA) de Estados Unidos calcula que más de la mitad de los pozos del país están contaminados con pesticidas y nitratos. Pesticidas y sustancias químicas como el percloroetileno, o «perc», los PCB, y las dioxinas se acumulan en la grasa del cuerpo de los animales, del pescado y de los seres humanos y están vinculados con el cáncer. Según un informe del grupo norteamericano Médicos y Responsabilidad Social (Physicians and Social Responsability), la ingestión de concentraciones elevadas de nitratos de agua de pozo da lugar a methemoglobinemia, una enfermedad que en el 8 % de los casos es mortal. La Women's Environmental Network inglesa sostiene que un 8 % de los niños ingleses ha sufrido alguna afección del sistema nervioso y pérdida de memoria tras haber estado expuesto a las dioxinas y los PCB, y la Organización Mundial de la Salud ha afirmado que la utilización creciente de pesticidas está matando a 40.000 personas cada año.
Algunas enfermedades están relacionadas también con el mantenimiento defectuoso de la infraestructura del agua. En los países industrializados del Norte la mitad de la población porta en su estómago la bacteria Helicobacter pylori, generalmente a causa del barro acumulado en las tuberías del agua. En los países pobres esta proporción es aún más alta. La bacteria provoca úlceras y cáncer de estómago y es particularmente abundante en el agua de pozo no clorada y en los suministros del agua del Tercer Mundo.