Alerta roja

De cómo el mundo se está quedando sin agua dulce

El agua ha sido un símbolo importante en las leyendas y las historias de muchas culturas antiguas. Excepto los habitantes de las naciones urbanizadas e industrializadas del siglo XXI, la mayor parte de los seres humanos a través de la historia han sabido que sus suministros de agua podían agotarse, y consiguientemente se esforzaron por conservar toda el agua que encontraran. En tiempos de la Biblia, cuando Isaac volvió a la tierra donde había vivido su padre Abraham, los viejos pozos que abrió fueron tan importantes para la vida que se convirtieron en objeto de disputa con otras tribus. Más tarde, el pozo de Jacob fue tan altamente preciado y cuidadosamente protegido que estuvo en uso en tiempos de Jesús, muchos siglos más tarde.


Otras sociedades, como la tradicional de los indios inuit y los antiguos habitantes de Mesopotamia, dieron la misma importancia al agua que sustentaba la vida de su gente. Los inuít dependían en buena medida de animales acuáticos —concretamente, de las focas, del pescado y de las morsas— para su alimentación, y su deidad era Nuliajuk. Esta diosa acuática gobernaba su reino con una justicia feroz, y todo su poder provenía del agua. Nuliajuk dio a los inuit comida proveniente del mar y hielo para construir casas. Cuando retiraba sus dones, nadie podía sobrevivir. Entre los antiguos habitantes de Mesopotamia, un mundo sin duda muy diferente, el agua era apreciada por diferentes razones. Antes de que este grupo se trasladara a los fértiles valles del norte de Irak, vivían en las secas llanuras del sur. Consiguieron suministrar agua a las granjas, pero ésta era muy escasa. Por eso, Enki, el dios del agua, se convirtió en una de las divinidades más importante de su panteón.


A miles de kilómetros de allí, en China, los peligros de la sequía se convirtieron en tema de un mito, en el que un Gran Arquero derribó a nueve de los diez soles, para evitar que la Tierra se secara. La tradición china mantuvo también la idea de que el agua y los demás elementos de la Tierra mantienen un equilibrio que no debe perturbarse. Si había una ruptura en los ciclos normales de la naturaleza, los gobernantes chinos debían intervenir para arreglar el problema. De ellos se esperaba que ayudaran a superar el daño hecho a las cosechas reduciendo los impuestos o distribuyendo el grano acumulado en los almacenes del país. Hoy, los ciclos normales de la naturaleza se ven perturbados por el cambio climático y el abuso de casi todos los sistemas acuáticos de la Tierra. Sin embargo, al contrario que los gobiernos que han seguido la tradición china descrita anteriormente, nuestros gobiernos abdican de sus responsabilidades de proteger y preservar el agua, y están entregando su dirección y administración al sector privado.


El control empresarial de los recursos acuáticos mundiales y de sus sistemas de distribución es una amenaza para el bienestar de los seres humanos en todo el mundo porque el agua es fundamental para la vida. Todos los ecosistemas vivos están sustentados por el agua y el ciclo hidrológico. Los pueblos antiguos, y los que viven más cerca de las fuerzas de la naturaleza en el mundo actual, supieron que destruir el agua era destruirse a sí misinos. Tan sólo las culturas modernas y «avanzadas», guiadas por la adquisición y convencidas de su supremacía sobre la naturaleza, han dejado de reverenciar el agua.


Las consecuencias son evidentes en todos los rincones del globo: desiertos y ciudades resecos, humedales destruidos, cursos de agua contaminados y mortalidad de niños y animales.
La naturaleza no es enteramente benigna y, como la diosa acuática de los inuit, no tolerará este abuso por siempre. Los síntomas están a la vista de todos. Si en los próximos años no cambiamos nuestro comportamiento haeia el agua y los ecosistemas que la sustentan, toda nuestra riqueza y sabiduría será absurda. Somos tan dependientes del agua dulce para vivir como lo fueron nuestros ancestros. Pero muchos no parecen darse cuenta de que este maravilloso recurso está desapareciendo. El reloj marca la hora, pero ellos no lo saben.

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