Calentamiento global

La mayoría de los científicos de todo el mundo están de acuerdo a la hora de admitir el fenómeno conocido como calentamiento global, o cambio climático. Durante los últimos cincuenta años, más o menos, han sido lanzadas a la atmósfera, con desastrosas consecuencias, enormes cantidades de gases con efecto invernadero: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y clorofluorocarbonos (CFC). Por una parte, hemos ido talando los bosques de nuestro planeta, contribuyendo así al calentamiento de su superficie, y, paralelamente, hemos sobrecargado la atmósfera con gases que retienen el calor al quemar combustibles fósiles. El resultado es predecible: un planeta más caliente.
Según el Foro Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, las temperaturas medias han subido 0,6° C por encima de la media preindustrial. Si las emisiones continúan creciendo al ritmo actual, hacia 2080 las concentraciones de gas con efecto invernadero podrían duplicar los niveles preindustriales: durante varios millones de años no han sido tan altos. Esto podría provocar un aumento medio de la temperatura de 2,5° C, que en las masas continentales podría suponer un aumento de 4° C. Aunque estas subidas pueden parecer pequeñas, hace catorce mil años bastó que la temperatura de la superficie de la Tierra aumentase sólo 4 grados para que llegase a su fin la época glacial. Actualmente ya está subiendo el nivel de los océanos debido a la fusión del hielo de los casquetes polares. Los científicos ponen de relieve el hecho de que el siglo XX ha sido el más caluroso del último milenio; la década más calurosa del milenio fue la de los noventa; el año más caluroso de la década fue el 2000, aunque 2001 fue más caluroso todavía. No es de extrañar, pues, que los océanos hayan subido cerca de 10 centímetros durante el siglo XX, y la mayor parte de esta subida se produjo en la última mitad del siglo.
Como escriben Simón Retallack y Peter Bunyard en The Ecologist, «las implicaciones [del calentamiento global] para la vida son inmensas. Con temperaturas más altas, es también mayor la energía que impulsa los sistemas climáticos de la Tierra, y esto a su vez provoca cambios más violentos en el clima. Violentas tempestades, inundaciones, sequías, tormentas de polvo, olas marinas, desprendimientos de tierra en el litoral, entrada de agua salada en los acuíferos del subsuelo, cosechas destruidas, bosques agonizantes, la inundación de tierras bajas, y la difusión de enfermedades endémicas como la malaria, la fiebre dengue y la esquistosomiasis será inevitable si el consumo de combustibles fósiles no se reduce progresivamente. [...] En todo el mundo, la agricultura deberá hacer frente a graves trastornos y algunas economías podrían venirse abajo. Habrá millones de refugiados medioambientales: personas que huyen de zonas invadidas por el mar, o en otros casos de los desiertos que ellas mismas han provocado tras privar a la tierra de su vegetación. Esas son las perspectivas, y los asesores científicos del gobierno de Gran Bretaña advierten que millones de personas van a morir en todo el mundo a consecuencia de los procesos de calentamiento global que ya se han desencadenado».
Una parte importante de este cuadro es el impacto del calentamiento global sobre las fuentes de agua dulce. Los humedales, ya en peligro, se verán negativamente afectados por sequías crecientes. Según el prestigioso Centro Hadley, que reúne a un grupo de expertos medioambientales de Gran Bretaña, la subida del nivel del mar tendrá corno resultado la pérdida de entre el 40 y el 50 % de los humedales costeros en todo el mundo para el año 2080. La amenaza afecta directamente a las extensas marismas que dejan las mareas, a las zonas pantanosas conectadas con el mar, a las dunas de arena de Holanda, Alemania y Dinamarca, que son zonas de descanso para millones de aves migratorias. También corren peligro los humedales del Mediterránea, el delta del Nilo en Egipto, la isla aluvial Camarga en Francia, los deltas del Po en Italia y del Ebro en España, y por lo menos 13.000 hectáreas de la costa inglesa, gran parte de las cuales es de vital importancia como habitat de la vida salvaje. En otros continentes, el cambio climático conducirá probablemente a la desaparición de los manglares de la costa occidental de África, de Asia oriental, Australia y Papua Nueva Guinea, que protegen los lagos y los ríos locales y actúan como zonas de reproducción de los peces de agua dulce.
A medida que el calentamiento global eleva la temperatura superficial de la Tierra, el agua del suelo necesaria para mantener el ciclo del agua dulce se evapora más rápidamente. El agua superficial (es decir, el agua de lagos y ríos) también se evapora más y las zonas de nieve necesarias para reponer las reservas de agua dulce disminuyen en número y tamaño. Es decir, cuando la nieve se funde fuera de la estación adecuada, se evapora en lugar de ir a parar a las corrientes que alimentan los lagos. Y estos lagos plantean algunos problemas específicos cuando dejan de helarse. El agua se evapora a un ritmo mucho más lento cuando se encuentra bajo una capa de hielo y tiene, por tanto, más oportunidades de filtrarse en el terreno. Cuando hay poco hielo, la mayor parte de esa agua se pierde en la atmósfera. De manera parecida, a medida que se funden los glaciares que quedan de la época glacial, los sistemas fluviales que reciben sus aguas terminarán perdiendo caudal. En Canadá, el glaciar que alimenta el río Bow de Alberta se está fundiendo tan rápidamente que es probable que en cuestión de cincuenta años el río deje de tener agua, excepto con ocasión de las riadas ocasionales.
El calentamiento global tiene también un impacto negativo en el tiempo de residencia de un lago. El agua no es estática, pero una molécula concreta de agua puede permanecer en un área particular durante un determinado período de tiempo. Como explica el naturalista E. C. Pielou, por «tiempo de residencia» se entiende la duración media que una determinada molécula de agua permanece en un lago; se calcula dividiendo el volumen del agua del lago por la tasa de evaporación del agua de ese mismo lago. En el noroeste de Canadá, el cambio climático está afectando ya dramáticamente al tiempo de residencia de una serie de lagos. Según un estudio, en esa zona las precipitaciones han descendido de cerca de 1.000 a 650 milímetros cada año, mientras que las temperaturas superiores a' la media han acelerado la evaporación del agua de los lagos. Como resultado, precisamente en uno de los lagos estudiados en el espacio de quince años el tiempo de residencia aumentó de cinco a dieciocho años. Esto significa que, para renovarse, ese lago necesita casi cuatro veces más de tiempo que hace sólo unos cuantos años.
Algunos científicos afirman que el calentamiento global es la causa aislada más importante de la escasez de agua dulce en el mundo, y predicen que el nivel del agua descenderá en todos los grandes lagos y ríos del mundo. El Centro Hadley pronostica que, para el 2050, el calentamiento global va a provocar que gran parte de la cuenca del Amazonas se convierta en un desierto. Y según el doctor Nigel Arnell, de la Universidad de Southampton (Inglaterra), el calentamiento global por sí solo provocará que, para el año 2050, 66 millones más de personas tengan que vivir en países con escasez de agua y 170 millones más de personas vivirán en países con grave escasez de agua.


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