Deforestación
También los bosques tienen un importante papel en la protección y la purificación de las fuentes de agua dulce. Absorben los contaminantes antes de que alcancen los ríos y los lagos, y como los humedales, previenen las inundaciones, especialmente en los países del sur sometidos a ciclos irregulares de sequía y lluvias torrenciales. Cuando los bosques son escasos o se practican en ellos talas incontroladas, la integridad de las cuencas fluviales se ve amenazada o simplemente Se destruye. Por el contrario, cultivados sabiamente o dejados en estado salvaje, pueden desempeñar sus funciones como válvulas de seguridad para los ríos y sus cuencas.
La selva tropical amazónica, famosa por la diversidad de las especies vegetales y animales que cobija, actúa también como un amortiguador ecológico del río Amazonas y de su entorno. Este gran río recorre 6.500 kilómetros desde los Andes hasta el océano Atlántico, canaliza una quinta parte de toda el agua dulce del mundo que va a parar a los océanos, y crea el habitat adecuado para 3.000 especies sólo de peces, más que ningún otro río del mundo. Durante la estación seca, las zonas de la selva cercanas al río están relativamente secas, pero al llegar las lluvias (que se prolongan entre cinco y siete meses cada año), el nivel del río puede subir hasta 9 metros. Sin esta zona de amortiguación, un volumen tan enorme de agua arrastraría el suelo a ambas orillas del Amazonas, dejando devastada toda la zona. Pero las plantas y los árboles de la selva tropical amazónica son capaces de controlar la erosión porque están adaptados para vivir sumergidos o medio sumergidos durante buena parte del año. Según el climatólogo brasileño Luiz Carlos Molion, estos bosques inundados interceptan casi el 15 % de las precipitaciones de la región y actúan como una esponja protectora, absorbiendo enormes volúmenes del agua de las lluvias estacionales. Este especialista afirma que la eliminación de estos bosques tendría como consecuencia que una cantidad no menor a 4.000 metros cúbicos de agua por hectárea caería directamente contra el suelo y provocaría una erosión masiva de éste, que iría a parar al río Amazonas.
Aunque la destrucción de esta selva tropical desequilibra todo el sistema, la deforestación no sólo no se detiene sino que se acelera. En el tercio inferior de la cuenca del Amazonas únicamente se conserva entre un 15 y un 20 % de la selva inundada, pues se destruyen cada año cerca de 17 millones de hectáreas de selva tropical. De esta cifra, sólo a Brasil le co-rrespondeauntJS 6 millones de hectáreas. Por ejemplo, los Estados de Para y Maranhao, situados al norte del Brasil, han perdido un área boscosa del tamaño de Gran Bretaña en apenas unas décadas. Las autoridades locales afirman que en ambos Estados los bosques desaparecerán en cuestión de años. En Chile, la explotación de los bosques con vistas a la exportación está en plena expansión. Estudios recientes advierten que, al ritmo actual, el país se quedará sin bosques en 2025.
En el otro extremo del continente, Canadá, que posee casi el 13 % de las zonas boscosas del mundo, no lo está haciendo mucho mejor. La explotación forestal no deja de crecer cada año. En este momento Canadá está perdiendo más de un millón de hectáreas cada año, una hectárea cada tres segundos. Y lo que es peor, la mayor parte de esta explotación se realiza utilizando prácticas forestales no sostenibles. Como informa Elizabeth May, del Club Sierra de Canadá, casi un 90 % de la explotación de los bosques canadienses se basa en la tala de árboles; más concretamente, esta tala se realiza, en cerca del 90 % de los casos, en áreas no explotadas comercialmente con anterioridad. Esto quiere decir que se continúan devastando áreas vírgenes. Cuando el bosque que se tala está cerca de una vía de agua, desplazamientos repentinos de los sedimentos pueden destruir en pocos minutos un ecosistema acuático al cubrir el lecho de un lago o corriente de agua y matar a todos los organismos que viven en el fondo. Por otra parte, los deslizamientos de tierras que se producen frecuentemente tras la tala de los árboles a menudo liberan contaminantes que van a parar directamente a vías de agua que hasta ese momento se habían mantenido limpias.
En agosto de 2001, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, en inglés UNEP) lanzaba una dura advertencia a los ciudadanos del mundo en el informe An Assessment of the Status of World's Remaining Closed Forests. En dicho estudio, el Programa para el Medio Ambiente pasaba revista a los bosques de todo el mundo que continuaban disfrutando de suficiente protección para sustentar las cuencas fluviales y la vida. El informe sostenía que sólo una quinta parte del planeta estaba en ese momento cubierta de bosques sostenibles y que muy pocos de éstos gozaban de la protección necesaria por parte de los gobiernos. Lo peor de todo es que el asalto contra los bosques que siguen en pie es implacable. Klaus Toepfer, director ejecutivo del PNUMA, no se anduvo por las ramas al establecer un pronóstico: «A menos que se produzca un cambio milagroso en la actitud de la gente y de los gobiernos, los bosques de la Tierra que hoy gozan de protección y la biodiversidad con ellos asociada están destinados a desparecer en las próximas décadas».