El agua, un bien común

El antídoto contra la comercialización del agua es su retirada total del mercado. El agua debe ser declarada y comprendida para siempre como una propiedad común. En un mundo en que todo es privatizado, los ciudadanos deben delimitar claramente aquellas áreas que son sagradas para la vida o necesarias para la justicia social y económica. Que todos puedan acceder en igualdad de condiciones al agua es absolutamente central tanto para la vida como para la justicia.
Como apunta la física y activista india Vandana Shiva, cuando el agua es de propiedad común, no se destruye, mientras su utilización esté controlada por reglas conservacionistas. De hecho, la única estrategia para conservar el agua que ha demostrado su eficacia en casos de escasez es la renovación y el restablecimiento de los derechos de propiedad común, de modo que las pautas de uso estén dictadas por los límites naturales de renovabilidad y los límites sociales de equidad del agua. Quienes guardan el agua en común deben fijar normas que regulen su uso, porque, dentro de un grupo, algunos individuos podrían utilizar más de lo que les corresponde si no existen desincentivaciones. «Privatizar el agua otorgando derechos de propiedad —afirma Shiva— no frenará esta degradación, sino que la acelerará. Esto va a desencadenar guerras del agua que enfrentarán entre sí a los individuos, las regiones, las áreas rurales con los centros urbanos ricos y privilegiados, al pobre con el rico.»
Riccardo Petrella, cruzado internacional del agua, explica que uno de los rasgos esenciales del mercado es que el individuo debería estar en condiciones de escoger entre varios bienes de la misma o diferente naturaleza, utilizando para esa elección criterios como el precio y la calidad. El argumento para comercializar el agua es el mismo que se utiliza para comercializar otros artilugios: el mercado es el mejor modelo para el reparto más eficaz de recursos materiales y naturales, así como para la distribución de riqueza. Es decir, cada país exhibirá lo que hace mejor, y competirá en el mercado libre. De ahí que los países ricos vendan en el mercado tecnología, ideas y telecomunicaciones, mientras que los países pobres, con mano de obra barata, exportan bienes hechos en condiciones de pobreza. Los países ricos en recursos naturales como el petróleo o el agua también «compiten» vendiendo estos «productos» en el mercado global. De acuerdo con este razonamiento, las pautas y las subvenciones del gobierno para exportar no son otra cosa que trabas a la competición «eficiente» en el mercado libre.
Sin embargo, poder acceder al agua no es cuestión de elección o de una eficaz acumulación de riqueza. Es simplemente cuestión de vida y muerte. El agua no es algo para ser comprado o vendido con ánimo de lucro, como si de un par de zapatos o de una pizza se tratase. Es verdad que las empresas embotelladoras de agua comercializan sus «bienes» simplemente como sombreros, o guantes, o coches, presentándolos como una impresionante serie de «opciones». Pero esto es, naturalmente, una ilusión. Además, el agua es un recurso demasiado valioso para que sea procesado y distribuido de acuerdo con simples principios de utilidad, que desatan el fantasma de un consumo cada vez más acelerado y de unos mercados en continua expansión. Toda el agua embotellada procede de la misma fuente finita. Las reservas no pueden crecer infinitamente para satisfacer las demandas de mercados que crecen sin interrupción. Aparte del suelo y del aire, no existe fuente de vida equiparable al agua dentro del ecosistema. El agua es única, irreemplazable y necesaria para todos los seres vivos. Sus reservas son limitadas. El hecho mismo de que no pueda ser sustituida por nada convierte al agua en un activo básico que no puede subordinarse a los principios del mercado. En este sentido, afirma Petrella, el agua es esencial para el funcionamiento de la sociedad como un todo y constituye por tanto un activo social y un bien común básico para cualquier comunidad humana.
Vandana Shiva añade que los mercados del agua no garantizan la disponibilidad del agua para todos, sino que únicamente aseguran el acceso a este medio vital a los poderosos económicamente, excluyendo a pobres y marginados. A medida que nos convertimos en esclavos de la dinámica caprichosa de un mercado «libre» sin normas, los bienes comunes se destruyen y a las capas más débiles de la sociedad se les niega el derecho de acceder a un recurso esencial para su salud y su vida.
Este resultado trágico es completamente innecesario. En lugar de seguir comercializando aún más el agua, necesitamos recuperarla tratándola como parte de los bienes comunes y reforzando la participación de la comunidad en la gestión del agua, de acuerdo con los principios conservacionistas. En Su-dáfrica, algunos grupos activistas han puesto de relieve que cuando el agua es tratada como parte de los bienes comunes —un derecho que todos los individuos pueden invocar— se administra a más personas y con un criterio más justo que cuando está sujeta a la dinámica inspirada en el principio del beneficio. Esto significa que hay más gente que goza de más salud y, consiguientemente, puede contribuir mejor al bien común. Esto genera actividad económica. Al mismo tiempo, el recurso se conserva, porque el ansia de beneficio no ha impulsado a los suministradores a producir más cada vez hasta que se secan las fuentes de donde extraen el agua. Esto aumenta la salud de la tierra y ayuda a mantener el equilibrio de sus procesos ecológicos.Y cuando goza de buena salud, el planeta soporta mejor una actividad económica responsable, sostenible, acrecentando así la prosperidad de sus ciudadanos. En otras palabras, la aceptación del agua como bien común no sólo implica el reconocimiento del derecho de los individuos al agua para su vida, sino que además promueve el bien común general. Como sostiene Petrella, ésta es la razón por la que todas las sociedades están obligadas a sufragar colectivamente el coste total de asegurar que todos los ciudadanos disfruten de un acceso básico al agua. Es una obligación humana básica que, desde el punto de vista ecológico y económico, está del todo justificada a largo plazo.

 


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