El camino a seguir

En años recientes ha surgido un movimiento internacional en el que participan asistentes sociales, educadores públicos, ecologistas, obreros, activistas de los derechos humanos y de la lucha contra la pobreza, defensores de la cancelación de la deuda, y otras muchas personas que tratan de situar de nuevo ciertos problemas humanos y ecológicos en el orden del día de los debates políticos y económicos. Miembros de este movimiento están formando poderosas alianzas mutuas para cambiar la política de los gobiernos en sus propios países y en el mundo y para suprimir o reformar instituciones financieras globales como el Banco Mundial y acuerdos comerciales internacionales como los propuestos por la Organización Mundial del Comercio. Tratan también de dar forma a los nuevos contratos internacionales de contenido social y ecológico que los gobiernos tienen que adoptar si quieren atenerse a los principios democráticos y proteger a sus ciudadanos de la dinámica derrochadora de agua de la nueva economía global.
Las semillas del movimiento internacional destinado a preservar el agua del mundo ya han sido sembradas. En muchas comunidades de todo el mundo, acciones individuales de resistencia han detenido el proceso de privatización de un servicio local del agua, han bloqueado la construcción de una presa, o han creado el impulso para sanear un río o un humedal locales. De todos modos, por importantes que sean estas victorias aisladas, ha llegado la hora de formar una poderosa coalición internacional de grupos comunitarios, activistas de los derechos humanos, defensores del medio ambiente, pequeños agricultores, pueblos indígenas, trabajadores del sector público, y otras personas que se propongan salvar el agua del robo y de la polución y construir un modelo para un planeta que tenga el agua asegurada.
El proceso ha dado ya sus primeros pasos. En julio de 2001, en el hermoso campus de la Universidad de Columbia Británica que mira hacia el océano Pacífico., más de 800 personas de 35 países se reunieron para celebrar el primer congreso internacional de la sociedad civil para reforzar la lucha global contra la comercialización del agua. El congreso, cuyo lema fue «Agua para las personas y para la naturaleza: un foro sobre la conservación y los derechos humanos», estuvo patrocinado por el Consejo de Canadienses, una organización de defensa de los ciudadanos. Era la primera ocasión en que activistas y expertos se reunían para intercambiar experiencias, maneras de pensar y planes para el futuro sin contar con los auspicios de un gobierno, de las Naciones Unidas, o del Banco Mundial.
La asamblea escuchó los informes de numerosos representantes de los grupos asistentes al congreso. Trabajadores del sector público hablaron de la lucha para frenar el proceso de privatización del agua en sus países. Algunos científicos se mostraron dispuestos a compartir sus conocimientos y a colaborar con grupos comunitarios. Defensores del medio ambiente explicaron la relación existente entre cambio climático, tala de bosques y otros problemas medioambientales y la crisis mundial del agua. Especialistas en derechos humanos hicieron un llamamiento en favor de la igualdad en la lucha por el agua y advirtieron que un enorme número de ciudadanos de todo el mundo está muriendo ya por falta de agua dulce para beber. Se escucharon impresionantes historias personales: pequeños labradores frente a empresas transnacionales con sede en el extranjero empeñadas en comprar extensas zonas de Uruguay ricas en agua, y trabajadores municipales sudafricanos que luchaban por que se les reconociesen realmente los derechos del agua garantizados en la constitución de su país.
Dos hechos tuvieron especial trascendencia en la cumbre. Un comité de la juventud reunió a varios cientos de jóvenes de todo el mundo para que se apoyasen mutuamente y planteasen de nuevo esta campaña entre sus compañeros en los campus de las universidades y en la calle. Y un comité de indígenas guiado por el jefe Arthur Manuel, de la Alianza Interior de Columbia Británica, reunió a pueblos del grupo Primeras Naciones de todo el mundo para apoyarse unos a otros y establecer estrategias comunes en su lucha en defensa de sus derechos ancestrales del agua. Este último comité aprobó una Declaración del Agua de los Pueblos Indígenas que en estos momentos se conoce ya en todo el mundo.
El momento más triste coincidió con la declaración en favor del líder indígena colombiano Kimy Pernia Domico, que se suponía iba a asistir personalmente al congreso. El 2 de junio de 2001, Kimy fue secuestrado por un grupo de paramilitares que, según se sospecha, estaban en connivencia con el gobierno colombiano. En la actualidad, a Kimy se le considera «desaparecido» y muy probablemente muerto. Al dedicar la cumbre a Kimy, la asamblea recordó de forma silenciosa a todos aquellos que han pagado un precio tan terrible por defender la tierra, el agua limpia y derechos fundamentales que se dan por garantizados por algunos, pero que todavía se les niegan a millones de personas.
Enseguida se hizo evidente que en muchas partes del mundo se están formando grupos y organizaciones decididos a solucionar la crisis del agua. Riccardo Petrella, en nombre de destacados intelectuales europeos que abogan por una campaña internacional para proteger el agua, compartió con los presentes su poderoso sueño de un Contrato Mundial del Agua. También fue objeto de una calurosa acogida el proyecto Public Citizen Water for All, propuesto por un grupo con sede en Washington. Los grupos Friends of the Earth International y International Rivers Network se comprometieron a apoyar este nuevo movimiento, y ciudadanos de países del Tercer Mundo y de las naciones industrializadas del Norte prometieron formar alianzas y desarrollar estrategias políticas comunes.
Al final de la cumbre, la asamblea exigió unánimemente que el agua continuase siendo considerada un «bien común» y lanzó el proyecto «Planeta Azul» (Blue Planet), un nuevo movimiento internacional de la sociedad civil destinado a proteger el agua del mundo. La cumbre ratificó también unánimemente la propuesta de tratado para compartir y proteger el bien común del agua del mundo que aparece aquí. Por lo que al mencionado tratado se refiere, la asamblea expresó su intención de que lo firmasen los gobiernos del mundo. Los gobiernos que aceptaran esta invitación se comprometerían a proteger el agua como parte de los bienes comunes globales y a administrar las reservas de agua dulce de la Tierra como un fideicomiso. Todos estuvieron de acuerdo en que la Propuesta de Tratado formaría una parte crucial de las exigencias del movimiento global de ciudadanos en el trabajo preparatorio para la Cumbre de la Tierra (también conocida como Río+10) que se celebró en Johannesburgo, Sudáfrica, en el otoño del año 2002.
Aunque el centro de interés del proyecto Planeta Azul es de naturaleza política —reclamar el agua como parte de los bienes comunes del hombre y afirmar el derecho universal al agua—, es evidente que este movimiento debe abordar también problemas críticos medioambientales en torno a la escasez de agua. En realidad, conservación del agua y justicia del agua son otras tantas piedras angulares de un mundo que quiere asegurarse el agua y, a la vez, punto de partida del movimiento en ciernes de los ciudadanos en favor de la seguridad del agua.

 


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