El cártel del agua

De cómo empresas y gobiernos se disponen a potenciar el comercio global del agua

En febrero de 1999, Terence Corcoran, editorialista del periódico National Post de Canadá, provocó un auténtico revuelo en los círculos internacionales de empresarios y gubernamentales al afirmar que para el año 2010 contaríamos con una OPEC del agua, en la que a Canadá le correspondería un puesto central. En los próximos diez años, escribió este autor: «Canadá exportará grandes cantidades de agua dulce a Estados Unidos, y más aún por medio de buques cisterna a naciones sedientas de todo el mundo». Corcoran predijo que, de la misma manera que la OPEC se había convertido en el cártel global de las naciones más ricas en petróleo del Oriente Medio, las naciones ricas en agua, entre ellas Canadá, se asociarían a lo largo de la próxima década con el fin «de intentar formar un cártel mundial que controle el suministro y la subida de los precios del agua». Es más, escribió Corcoran, cuando los gobiernos tomen conciencia del hecho de que los embarques masivos de agua son una fuente casi inagotable de dinero, «Canadá se afanará por encabezar el Tratado Mundial de Exportación del Agua (World Water Export Treaty: WWET), firmado el año 2006 por 25 países con amplias reservas de agua».
Aunque las predicciones de Corcoran fueron denunciadas públicamente como especulaciones traídas por los pelos, una ojeada más atenta a la industria global del agua nos descubre que algunas corporaciones han estado trabajando con algunos gobiernos desde comienzos de la década de 1990 en planes para exportar agua de forma masiva de las regiones del mundo ricas en recursos hídricos. En 1996, el experto más destacado del Banco Mundial para el norte de África y el Oriente Medio declaró que, de una u otra manera, «el agua será desplazada alrededor del mundo como lo es actualmente el petróleo». Y en la misma ocasión añadió: «En los próximos cinco años seremos testigos del reconocimiento creciente del agua como mercancía internacional». Y anteriormente, en 1991, el suplemento Repon on Business, del diario Globe and Mail, había anunciado que «se esperaba que la contaminación, el crecimiento demográfico y la defensa a ultranza del medio ambiente pusiesen seriamente en entredicho las reservas de agua dulce del mundo a lo largo de los próximos diez años». El comentario continuaba en los siguientes términos: «Algunas de las empresas de ingeniería más importantes de Canadá se están preparando para el día en que el agua pueda desplazarse por el mundo como el petróleo, el trigo o la madera [...] Lo importante entonces será saber quién tiene el derecho de venderla al mejor postor».
Al iniciarse el siglo XXI, la escena del comercio mundial contaba ya con un grupo importante de empresas que promocionaban sus planes para la exportación del agua a todo el mundo. En su calidad de nuevo competidor, Global Water Corporation (recientemente ha cambiado de nombre y se llama Global H2O) planteaba el problema de la siguiente manera: «El agua ha dejado de ser una mercancía inacabable que se da por garantizada para convertirse en una necesidad racionada que puede tomarse por la fuerza». Para las empresas, cuando se discute el tema del transporte a granel del agua dentro del siste-ma del mercado global todo se reduce a factores de suministro y demanda. Por lo que se refiere al suministro, ahí están los países o regiones del planeta que disponen de abundante agua dulce almacenada en forma de lagos, ríos y glaciares: Alaska, Canadá, Noruega, Brasil, Rusia, Austria y Malasia, entre otros, por lo que se refiere a la demanda, ahí están las regiones o países secos del planeta, con escasas reservas de agua dulce, ya sea porque se extienden en zonas desérticas, porque se han agotado los acuíferos, o porque el agua está contaminada. Entre estos últimos habría que incluir el Oriente Medio, China, California, México, Singapur, norte de África y otros muchos países y regiones prácticamente en cada uno de los continentes. El punto clave es asegurarse el control sobre las reservas de agua a granel y suministrarlas a áreas definidas de antemano, teniendo en cuenta su «capacidad de pagar», a un precio que no se limite a cubrir costes sino que satisfaga el deseo de incrementar los márgenes del beneficio.
Durante la década de 1990 se desarrollaron nuevas tecnologías para hacer llegar el agua de forma masiva al mercado, por medio de bolsas, garrafas y botellas, así como por medio de acueductos, camiones y buques cisterna, y canales. Aunque se suele argumentar que las exportaciones de agua a granel resultarán excesivamente caras para ser económicamente viables, el Banco Mundial advierte que todas las reservas de agua barata y fácilmente accesible están ya agotadas. Los nuevos suministros de agua, que sin duda se pondrán a punto, serán entre dos y tres veces más caros. Sin embargo, afirma también el Banco Mundial, en este punto la demanda será independiente del coste del agua. Tampoco la desalinización del agua del mar parece que vaya a estar en condiciones de sustituir a las exportaciones de agua dulce a granel. Aunque algunos países podrán recurrir a la desalinización, en general es un proceso demasiado caro y dependiente del carburante. Los proyectos de desalinización masiva sólo serán una opción para países con abundantes suministros energéticos, lo que no haría sino acentuar seriamente el problema del calentamiento global: una crisis ya exacerbada por la desviación de agua dulce.
Sin embargo, la exportación de agua a granel también plantea una seria amenaza ecológica. Aunque se necesitan más estudios sobre impacto ambiental, hay pruebas suficientes para afirmar que el bombeo masivo de agua de las cuencas de un lago o un río perturba los ecosistemas, daña el habitat natural, reduce la biodiversidad y agota los acuíferos y sistemas de agua subterránea. El daño es, si cabe, mayor cuando el agua se transporta a granel a regiones desérticas que, hasta ese momento, no han sustentado nunca una población humana de cierta importancia. Tal es el caso del desierto de Arizona, donde la población se ha multiplicado por diez durante los últimos setenta años, hasta alcanzar la cifra de cuatro millones, con más de 800.000 habitantes sólo en Tucson. En un artículo sobre la «política del desierto» publicado en Atlantic Monthly, el escritor Robert Kaplan expresa este dilema en términos dramáticos:
Tal vez, como piensan algunos ingenieros visionarios, la salvación del suroeste vendrá, finalmente, de esa inmensa esponja fría, húmeda y verde que queda al norte: Canadá. En este escenario, una red de nuevas presas, pantanos, y túneles suministraría agua procedente del Yukón y de Columbia Británica a la frontera con México; paralelamente, un canal gigantesco traería agua desalinizada de la bahía de Hudson desde Quebec hasta el medio oeste americano, y enormes buques cisterna transportarían agua glacial desde la costa de Columbia Británica hasta el sur de California. Todo ello para mantener una red ampliada de manadas posturbanas y multiétnicas que palpitan de actividad económica.
Los «ingenieros visionarios» de Kaplan tal vez captaron el problema mejor de lo que nosotros pensamos. En respuesta a la llamada «demanda» de las regiones con escasez de recursos hídricos que se extienden desde Arizona, California y México a China y Singapur, y desde el Oriente Medio y el norte de África hasta España y Grecia, se están trazando y aplicando proyectos faraónicos para el transporte de agua en gran escala que cuestan miles de millones de dólares.


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