Globalización económica
El modelo dominante de desarrollo de nuestro tiempo es la globalización económica, un sistema impulsado por la idea del carácter inevitable de una única economía global, con leyes universales establecidas por empresas y mercados financieros. Para quienes hoy ejercen el poder, la metáfora definitoria de la etapa posterior a la Guerra Fría no es democracia, ni administración ecológica, sino libertad económica. De ahí que el mundo esté sufriendo un proceso de transformación de dimensiones históricas. Esencialmente, dicha transformación implica en último término un asalto en toda regla a los más diversos ámbitos de la vida. En esta economía global de mercado todo está ahora en venta, incluso ámbitos de la vida considerados sagrados en otro tiempo, como la salud y la educación, la cultura y la herencia, los códigos genéticos y las semillas, así como los recursos naturales, incluidos el aire y el agua.
Las raíces de la globalización económica iniciaron su desarrollo hace ahora quinientos años, en un momento en que los imperios de Europa competían entre sí por hacerse con el control de valiosos recursos como el oro, la plata, el cobre y la madera que la naturaleza había depositado en Asia, África y ambas Américas. En aquel entonces, importantes empresas de navegación como la Compañía de la bahía de Hudson y la Compañía de las Indias Orientales constituyeron algunos de los primeros ejemplos de lo que hoy llamamos corporaciones transnacionales. Autorizadas para operar por medio de cédulas reales, estas empresas transnacionales de la primera hora habían recibido el encargo de recorrer amplias áreas del mundo en busca de recursos que impulsasen la rentabilidad de sus imperios comerciales. Mientras que los recursos más buscados
para impulsar el desarrollo económico han cambiado gracias a las nuevas tecnologías a lo largo de los siglos, el modelo básico de globalización económica continúa siendo en gran parte el mismo.
En nuestro tiempo, este modelo de globalización económica ha avanzado a un ritmo cada vez más rápido, especialmente desde la caída del Muro de Berlín. Con anterioridad a esa fecha, y durante la mayor parte del siglo XX, la economía global conoció dos modelos rivales: comunismo y capitalismo. Simbólicamente al menos, la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría señalaron el triunfo del capitalismo sobre el comunismo y la desaparición de esta economía bipolar. Desde la caída del Muro, el capitalismo ha reinado sin que nada le haga sombra en la economía global. Como instituciones dominantes del capitalismo global, las corporaciones transnacionales se han lanzado a una carrera alocada, abriendo mercados y prodigando sus actuaciones en los cinco continentes del planeta.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se afirmó como una superpotencia industrial. Con su enorme producción de bienes de consumo aspiraba a conquistar nuevos mercados globales y a promover los sistemas y valores del mercado libre por todo el mundo. Esta ideología echó raíces en las décadas siguientes y terminó siendo conocida como el Consenso de Washington, expresión acuñada en 1990 por John Williamson, del Instituto de Economía Internacional, un plantel de expertos de tendencia conservadora que sigue los dictados de Washington. Dicho consenso sugería que los gobiernos liberalizasen ampliamente el comercio, las inversiones y las finanzas y se convirtió en la ideología oficial del nuevo orden mundial. De acuerdo con esta doctrina, es imprescindible que capital, bienes y servicios circulen libremente a través de las fronteras de todo el mundo, sin intervención o regulación de los gobiernos. En el centro de esta ideología se ha de situar la convicción de que los intereses del capital se anteponen a los derechos de los ciudadanos. Por todas estas razones, el Con-senso de Washington ha sido calificado de «democracia pospuesta», puesto que en buena medida rechaza la prioridad de los derechos democráticos de los pueblos, que es la filosofía que sirve de base tanto a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre como a los convenios que la complementan.
Esta doctrina de la liberalización económica se basa en principios propuestos por la Comisión Trilateral. Formada inicialmente a comienzos de la década de 1970, la Comisión Trilateral debía reunir a 325 de las personalidades políticas y económicas más destacadas del mundo: desde directores ejecutivos de algunos de los mayores bancos y empresas del mundo, presidentes y primeros ministros de los países industrializados de vanguardia, funcionarios gubernamentales de rango superior, académicos de mentalidad afín, y creadores de opinión pública en los medios de comunicación. En uno de sus primeros e importantes informes, titulado «La crisis de la democracia», la Comisión Trilateral declaró que el problema político central de nuestro tiempo tenía que ver con el modelo actual del estilo de gobierno, afirmando que había un «exceso de democracia» en el sistema.
Los miembros de la Trilateral continuaron desarrollando sus propios proyectos para reestructurar la economía global y sus instituciones de gobierno: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, creados en la conferencia de Bretton Woods de 1944 al final de la Segunda Guerra Mundial, y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comerciales (GATT: General Agreement on Tariffs and Trade), establecido en 1947, que en 1955 sería sustituido por la Organización Mundial del Comercio (OMC). Con el fin de crear un mundo sin fronteras, la Comisión Trilateral ha insistido una y otra vez en la necesidad de reducir drásticamente las barreras tarifarias y de otro tipo que constituyen un obstáculo para el comercio mundial, especialmente en productos como los tejidos, la ropa de vestir, el calzado, la electrónica, el acero,
jos barcos y las sustancias químicas. Como respuesta al peso Je la deuda creciente de los países no industrializados del Sur, la Comisión propuso que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusiesen a esas naciones Programas de Ajuste Estructural, exigiéndoles un cambio radical de sus políticas económicas y sociales de acuerdo con las prioridades del libre mercado global.
Con este programa de reestructuración de la economía global, la Comisión Trilateral dio alas al proceso de globali-zación económica, especialmente a lo largo de las últimas décadas del pasado milenio. Al hacer esto, o bien ignoraron o dejaron de lado a las Naciones Unidas. En realidad, los miembros de la Comisión Trilateral se proclamaron a sí mismos líderes con la misión de crear un consenso ideológico que permitiese el establecimiento de un nuevo orden mundial. Como consecuencia, una nueva realeza global planifica ahora con criterios centralistas la economía mundial, creando situaciones humanas de privación y destruyendo la naturaleza cuando ello es necesario.