La administración del agua

Desgraciadamente, cada vez resulta más claro que, en la mayor parte de las sociedades modernas industrializadas, la humanidad ha perdido el contacto con el mundo natural de una manera que amenaza la existencia misma del planeta. En lugar de respetar la forma en que la naturaleza ha distribuido el agua, nosotros hemos tratado de adaptar, alterar y controlar los sistemas de agua a nuestras necesidades. Los resultados han sido catastróficos. Semejante comportamiento, dictado por una visión del mundo que sitúa a la humanidad por encima de la naturaleza y de Dios, nos ha permitido vivir durante algún tiempo fuera de las leyes de la naturaleza. Pero esta irreverencia se está volviendo ahora claramente contra nosotros.
Todo intento de formular una nueva ética del agua debe partir de la renovación de nuestros vínculos con el mundo natural y de una actitud de respeto hacia el lugar sagrado que tiene el agua en ese mismo mundo. Los seres humanos tene-ftios que vernos como una especie más, cuya existencia, como lade las otras especies, depende del hecho de que vivamos respetando las reglas del mundo natural. Por desgracia, los humanos han contaminado su propia propiedad común, un modus operandi que sin duda es merecedor de la condenación más absoluta por parte de la forma más respetuosa y lógica de uti-lizar unos recursos que determinará nuestro futuro. Si queremos sobrevivir como especie, tenemos que preservar y recuperar nuestros lagos, ríos, corrientes y reservas subterráneas, y todas las actividades económicas y humanas en general deberán adaptarse a este objetivo.
Esta nueva ética del agua incluye un replanteamiento radical de las cuestiones que afectan a la desviación del agua, las grandes presas y los proyectos de riego en gran escala. Nuestro futuro hídrico tiene que asegurar un enfoque radicalmente diferente de los servicios del agua, basados en tecnologías más sostenibles, equitativas y eficaces y en prácticas agrícolas más amistosas con la tierra. Las grandes explotaciones agrícolas corporativas, así como las tecnologías y los productos químicos que las hacen posibles, deben desaparecer. Es importante que nos opongamos a la idea de construir nuevos y complejos sistemas tecnológicos para el transporte masivo de agua de una parte a otra del mundo por medio de buques cisterna, acueductos, canales y desviaciones de ríos.
Quienes ven el agua como una mercancía dicen que ni la que desemboca en el mar ni la que se encuentra dentro de lo que el presidente de una empresa forestal llama «jungla decadente» prestan servicio alguno a las personas o a la economía; se trata en ambos casos de una mercancía desperdiciada. Semejante visión de las cosas parte del supuesto de que todos los recursos están ahí para que nos apoderemos de ellos y los pongamos en venta, a fin de aumentar la riqueza monetaria. El principal error de este argumento es que los recursos necesitan renovarse a sí mismos, y el agua que corre hacia el mar forma parte de ciclo hidrológico natural que ha equilibrado los ecosistemas de la Tierra durante milenios. Suponer que estos procesos pueden verse interrumpidos y perturbados de forma permanente en una escala masiva es alterar sistemas que han sustentado la vida sobre la Tierra con gran éxito. Si desplazamos grandes cantidades de agua de una zona del globo a otra, trastornaremos los criaderos naturales de pájaros, anfibios y mamíferos, y estaremos creando nuevas zonas de sequía a medida que los acuíferos se agotan y los lagos se secan a consecuencia de las presas y de la desviación de sus aguas.
Los científicos advierten también que el desplazamiento de grandes cantidades de agua de las cuencas fluviales puede ser desastroso para algunos ecosistemas. Por ejemplo, la bajada del nivel de la capa freática puede provocar hundimientos de tierras y la sequía de muchos pozos. Los elevados costes de la energía podrían estar relacionados también con movimientos del agua en gran escala. En Canadá, una versión del hipotético proyecto GRAND Canal (para desviar agua de los ríos que desembocan en la bahía de James) exigía la construcción, a lo largo del recorrido del canal, de una serie de plantas nucleares que suministrarían la energía necesaria para desplazar tan enormes volúmenes de agua. Ya hoy, las desviaciones y los grandes complejos hidroeléctricos están provocando cambios climáticos locales, una reducción de la biodiversidad, envenenamientos de mercurio, pérdidas de bosques y la destrucción de humedales y del habitat de poblaciones de peces. Sin embargo, el impacto ecológico negativo de todos estos proyectos es mínimo comparado con el que se producirá si las tecnologías para el transporte masivo de agua se hacen realidad en el futuro.
Diversos estudios científicos demuestran que el desplazamiento de agua en gran escala no afecta sólo a los ecosistemas nías próximos. Comentando la importancia de dejar que el curso natural de los ríos discurra libremente para no desequilibrar los ecosistemas de la costa, el experto canadiense en temas del agua Jamie Linton destaca que «sin duda, el agua no se "malgasta" por el hecho de ir a parar al mar [...] [y] los efectos acumulativos de desplazar agua de lagos, ríos y cocientes para exportarla por medio de buques cisterna podría tener impactos en gran escala en los entornos costeros y marinos». En el mismo sentido, otro canadiense, el escritor y cineasta Richard Bocking, especializado en temas del agua, afirma que cada vez que desviamos un río estamos pactando con el diablo, como Fausto. «A cambio de generar electricidad o de regar los campos hoy, renunciamos a la mayor parte de la vida de un río, a su valle y sistemas biológicos, y al estilo de vida de la gente que vive en el entorno. Puesto que el coste de la construcción de presas a lo largo de los últimos cincuenta años es hoy evidente, no podemos seguir alegando que desconocemos las consecuencias de tratar los ríos y los lagos como sistemas de cañerías.»
Hasta cierto punto, la tecnología de la desalinización constituye también un pacto con el diablo. Actualmente algunas comunidades y países han recurrido a proyectos de desalinización para satisfacer sus necesidades y es probable que esta tecnología se desarrolle más aún en el futuro, pero en cualquier caso la desalinización no es la panacea para la crisis mundial del agua. Es una solución extraordinariamente cara, y por lo tanto, al menos en un futuro próximo, sólo estará al alcance de países ricos. Sin embargo, aunque con el tiempo resulte más asequible económicamente, la desalinización consume mucha energía. El proceso en su conjunto exige grandes cantidades de combustibles fósiles, lo que justamente contribuiría al calentamiento global, ya hoy un enemigo de las reservas de agua dulce del mundo.
Es más, la desalinización produce también un derivado letal. De cada litro de agua del mar procesada, sólo casi la tercera parte se convierte en agua dulce. Las otras dos terceras partes constituyen una solución altamente salina que, al ser bombeada de nuevo al mar a elevadas temperaturas, es una fuente muy importante de polución marina. Y la desalinización de pequeñas cantidades de agua del mar no cambia para nada el problema de la creciente salinidad de las reservas de agua subterránea. El sentido común nos dice que sería más fácil poner fin a las prácticas que en estos momentos provocan la salinidad de nuestras actuales reservas de agua dulce que montar costosas instalaciones para desalinizar el agua de los océanos del mundo, instalaciones que por otra parte dan lugar a prácticas que favorecen el cambio climático. En pocas palabras, el mal uso de tecnologías complejas, pero escasamente apropiadas, ha sido uno de los factores que más han contribuido a meternos en el lío en que actualmente nos encontramos. Añadir más de lo mismo no es la mejor respuesta a nuestra crisis del agua dulce.

 


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