La conservación del agua

En el caso de millones de pequeños agricultores y campesinos pobres del Tercer Mundo, el riego por goteo y el uso de otras tecnologías de pequeño alcance diseñadas para pequeñas parcelas son las únicas herramientas con que van a contar en el futuro para distribuir el agua de forma equitativa y sostenible. En consecuencia, la agricultura en pequeña escala, controlada por el agricultor, aparece cada vez más a menudo como un modelo sostenible desde el punto de vista del agua para la producción de alimentos. Algunas técnicas tradicionales de recogida de agua, como la que puede obtenerse del tejado y de la azotea de una casa o de la pendiente de una montaña, han demostrado también su superioridad con respecto a la tecnología de origen occidental, de costoso mantenimiento. A medida que los daños causados por las grandes presas y las desviaciones de agua se hacen más evidentes, nos emos obligados a apoyar en todo el mundo métodos de recogida de agua menos pretenciosos, pero eficientes y más al alcance de los usuarios. En Nepal, por ejemplo, los Sistemas de Riego Dirigido por el Agricultor (Farmer Managed Irrigation Systems: FMIS) son responsables en la actualidad del 70 % de la producción de todos los cultivos de regadío del país. FIMS gestiona los recursos locales de agua en provecho de toda la comunidad y se caracteriza por el profundo respeto que muestra hacia el conocimiento y las prácticas indígenas, que incorporan en todas las fases del ciclo del riego. Otros países en los que el riego por inundación ha diezmado muchos de sus terrenos de cultivo están tratando de aprender del modelo nepalés.
Además de apoyar todas estas alternativas agrícolas, debemos rechazar cada vez con mayor decisión las presas y los desvíos de agua en gran escala. Los ríos que en otro tiempo corrieron sin obstáculos hacia el mar deben ser dejados libres de nuevo para enriquecer las cuencas fluviales, crear entornos adecuados para la vida acuática, y conservar los ricos fondos de freza donde el agua dulce se encuentra con el agua del mar. Aunque esto puede exigir muchos años, la naturaleza nos echará una mano si nos limitamos a frenar la construcción de nuevas presas, cuyo futuro económico y ecológico ya es precario en estos momentos. Wendell Berry, defensor de la agricultura en pequeña escala y conservacionista, ha expresado estas mismas ideas de forma poética: «Los hombres construyen una presa en el río y dicen que han hecho un lago, pero seguirá siendo un río. Conservará su naturaleza y esperará su momento oportuno, como animal enjaulado alerta al menor resquicio. Con el tiempo, encontrará de nuevo el camino; la presa, como los antiguos acantilados, será arrastrada a pedazos por la corriente».
Sabemos también que observando las necesidades ecológicas más amplias de todo un sistema descubrimos cuáles son las respuestas a la carestía del agua. La planificación de una cuenca basada en la conservación del suelo en las regiones secas de la India central ha aumentado la producción de las cosechas y, consiguientemente, ha reducido el hambre en las comunidades implicadas. Las Naciones Unidas han señalado diversas zonas del mundo como Reservas de la Biosfera: ecosistemas terrestres y costeros en los que los seres humanos están obligados a conservar las cuencas, aunque pueden seguir utilizándolas de una manera sostenible. Estas reservas de la biosfera se caracterizan porque en ellas es posible realizar un enfoque holístico de la protección de la naturaleza y del desarrollo humano promoviendo la cooperación desde el ámbito local, regional e internacional. Por poner un ejemplo, Friends of the Earth International y otros grupos están pidiendo que toda la cuenca del mar Muerto sea declarada Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera con el fin de salvaguardar el mismo mar Muerto.
En Sudáfrica, donde la población crece a un ritmo cuatro veces más rápido que el de las reservas de agua, el gobierno ha emprendido un importante experimento en la planificación de una biosfera vinculando la recuperación de agua con las necesidades sociales y de empleo de los habitantes de la zona. Tiene que encontrarse alguna solución porque la situación actual es desesperada. Por ejemplo, los sudafricanos sólo disponen hoy individualmente de la mitad del agua dulce de que disponían en 1960, y en los próximos cincuenta años la mitad de los ríos del país se secarán. Si bien es dad que una serie de episodios de sobreexplotación del agua explican esta situación, una fuente importante de agotamiento del agua en ese país fue introducida por los seres humanos. Cuando llegaron a Sudáfrica los primeros pobladores europeos, echaron en falta los árboles y parques de su patria y decidieron sembrar semillas de árbol cuando salían a pasear. Pronto, árboles ávidos de agua como el pino y el eucalipto sustituyeron a las plantas locales, que utilizaban poco agua, y los ríos comenzaron a secarse. En el contexto de un proyecto nacional denominado «Trabajando por el Agua», cuya puesta en práctica se prolongará por espacio de veinte años, 40.000 sudafricanos están ahora eliminando algunas especies invasoras de sus bosques y dehesas. La mayor parte de ellos proceden de comunidades locales pobres donde el paro era muy elevado. Al tratar de recuperar su entorno y sus derechos al agua dulce y comprometerse en una noble acción, estos sudafricanos constituyen una prueba viviente de que los seres humanos y la naturaleza pueden coexistir si ambos son tratados con esmero y respeto.
Este respeto por la naturaleza debe contirse en uno de los objetivos centrales del movimiento global que pretende salvaguardar el agua. Los sistemas de agua dulce no podrán sobrevivir si el habitat circundante queda gravemente afectado por la tala de bosques, la destrucción de los humedales y la urbanización caótica. Políticas medioambientales integradas han de contirse en piedra angular de toda una serie de medidas legales que deben tomarse desde todas las instancias de gobierno, y la humanidad debe reservar agua específicamente para la naturaleza. En algunos casos, esto significará recuperar sistemas fluviales sobreexplotados en provecho de ciudades y explotaciones agropecuarias para devollos a la naturaleza y a comunidades rurales más pequeñas que necesitan más agua.
Finalmente, se ha de hacer frente a una ley básica de la naturaleza: no podemos continuar extrayendo agua del subsuelo a un ritmo superior al de la recarga natural de los acuíferos. Si lo continuamos haciendo, no quedará agua para nuestros hijos. La norma de la naturaleza es sencilla: las extracciones no deben superar a la recarga. Por desgracia, muchos gobiernos del mundo ni siquiera han empezado a plantearse preguntas acerca de la ubicación y el tamaño de sus reservas subterráneas, y mucho menos a formular una política para preservarlas. Estos cálculos tienen que hacerse, y no son excesivamente sofisticados. Pensemos en una bañera: si tiene abierto el desagüe y no la rellenamos echando en ella más agua, o el agua que echamos es escasa, con el tiempo la bañera estará completamente seca.

 


Volver al índice de Agua y multinacionales