La mercantilización de la naturaleza

Las empresas transnacionales y la expansión de la economía global se mueven bajo el impulso de numerosas fuerzas. Una de las más importantes es el llamado «imperativo del crecimiento». En fecha reciente, la gente ha empezado a reconocer que este principio conduce a un enfrentamiento con la naturaleza misma. En su obra ya clásica For the Common Good, Hermán E. Daly y John B. Cobb demostraron que la economía ortodoxa, basada en el imperativo del crecimiento, estaba anclada en una definición estrecha de «capital» como conjunto de activos fabricados por la mano del hombre, como bienes y servicios, máquinas y edificios. Según Daly y Cobb, esta definición no incluía lo que ellos denominaban «capital natural», es decir, los recursos de la Tierra que hacen posible toda actividad económica. Pero la capacidad de aguante del ecosistema del planeta tiene sus límites, especialmente si tenemos en cuenta que en este momento el mundo natural está siendo destruido a pasos agigantados por la agricultura industrial, la deforestación, la desertización y la urbanización. Daly y Cobb advirtieron que a este ritmo el choque podría producirse durante la próxima generación.
En la India, la activista Vandana Shiva, feminista, física y defensora del medio ambiente, lleva más adelante esta idea y afirma que el imperativo del crecimiento implica «una forma de robo» a expensas de la naturaleza y de las personas. Shiva reconoce que la tala de bosques salvajes para convertirlos en tierras de monocultivo de pinos con el fin de obtener materias primas industriales puede, efectivamente, generar beneficios y crecimiento. Lo malo es que, de esta manera, privamos a los bosques de su diversidad y de su capacidad para conservar el suelo y el agua. Y, al destruir la diversidad del bosque, cometemos también un acto de sabotaje contra aquellas comunidades humanas que dependen del bosque salvaje para la obtención de alimentos, forrajes, combustibles, fibras y medicinas, así como para que las defiendan de la sequía y del hambre. Continuando con su razonamiento, Shiva muestra cómo el imperativo del crecimiento, aplicado a la agricultura industrial, no está tampoco en condiciones de producir más alimentos, reducir el hambre, o ahorrar recursos naturales. La agricultura industrial actúa también como una forma de robo a expensas de la naturaleza y de los pobres. Según Shiva, esto mismo se podría afirmar de la construcción de las grandes presas, de avanzada tecnología, dedicadas a la generación de electricidad, y de las obras para desviar aguas fluviales de unas cuencas a otras.
En el fondo de esta crítica percibimos una profunda preocupación por la creciente rnercantilización de la naturaleza y de la vida misma. No hace mucho tiempo todavía, ciertos aspectos de la vida y de la naturaleza estaban lejos de ser considerados mercancías que pudieran comprarse y venderse en el mercado. Había cosas que no estaban en venta. Por ejemplo, ciertos recursos naturales (incluidos el aire y el agua), los códigos genéticos y las simientes, la salud, la educación, la cultura y la herencia. Estas cosas, y otros elementos esenciales de la vida y la naturaleza, formaban parte de un legado y de un conjunto de derechos compartidos, que pertenecían a todo el mundo. En otras palabras, constituían «los bienes comunes». En la India, por ejemplo, se ha considerado tradicional-mente que el espacio, el aire, la energía y el agua «no pueden verse atrapados dentro de las relaciones de propiedad». No debían ser tratados como una propiedad privada, sino como «propiedad común del recurso», y no debían estar sujetos a fuerzas del mercado como la ley de la oferta y la demanda. Por el contrario, estas dimensiones de la vida común se juzgaban de vital importancia, y, desde muchos puntos de vista, eran consideradas sagradas. Como tales, tenían que ser protegidas y preservadas por los gobiernos a través del sector público o más directamente por las mismas comunidades locales.
En particular, la mercantilización del agua tiene todas las apariencias de constituir un asalto directo a esos bienes comunes. Según un informe realizado por la Fundación para la Investigación en Ciencia, Tecnología y Ecología (una asociación no gubernamental con base en Nueva Delhi dirigida por la doctora Vandana Shiva), en la India se entiende que el agua es «en sí misma vida, de la que depende nuestro país, nuestra alimentación, nuestros medios de vida, nuestra tradición y nuestra cultura». Como «sustento de la sociedad», el agua es «una herencia sagrada común... que ha de ser honrada, preservada y compartida colectivamente, utilizada de forma sostenible y distribuida equitativamente en nuestra cultura». En las enseñanzas tradicionales del islam, por ejemplo, la sharia, o «camino», significó originalmente «senda para el agua», y representaba el fundamento último de los «derechos de la sed», que se aplican tanto a las personas como a la naturaleza. Al decir de la Fundación, basándose en estas tradiciones espirituales y culturales, algunas comunidades locales de la India han desarrollado «mecanismos creativos de gestión y propiedad del agua mediante procesos decisorios colectivos y consensuados» que pretenden «asegurar un uso sostenible y una distribución equitativa del recurso».
Ahora, sin embargo, en esta era de globalización económica, el agua está siendo mercantilizada y comercializada en la India, según esa misma Fundación, con resultados alarmantes. Presionado por la necesidad de asegurar los beneficios que le permitan pagar su deuda al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, el gobierno de la India ha estado vendiendo derechos del agua a empresas multinacionales del sector, entre otras a Suez y Vivendi, y a importantes industrias que requieren grandes cantidades de agua para sus actividades productivas. El resultado final es que las tradiciones locales indígenas de gestión y ahorro del agua han sido abandonadas, dando paso a una creciente «comercialización y sobreexplotación de unos recursos hídricos escasos». Estamos asistiendo, asegura el informe de la Fundación, al «confinamiento de algo que hasta ahora era un "recurso de propiedad común" dentro del ámbito de las mercancías privadas». Esta mercantilización del agua se traduce en «pérdidas irreversibles para nuestro entorno y para el sustento de nuestro pueblo». Por desgracia, estas tendencias no están experimentándose sólo en la India, sino en todo el Tercer Mundo.
A decir verdad, la mercantilización, no sólo del agua sino de otros elementos de la naturaleza y de la vida misma, es un rasgo distintivo de la globalización corporativista actual. Cosas que en otro tiempo se consideraron «bienes comunes» representan hoy la última frontera en la expansión del capitalismo global. A medida que una serie de empresas transnacionales conquistan los mercados mundiales, surgen nuevas industrias que pretenden comercializar los elementos supervivientes de nuestra vida común. Un ejemplo prominente en años recientes nos lo ha ofrecido la industria de la biotecnología. Las grandes empresas de biotecnología como Monsanto y Novartis, que a sí mismas se presentan como industrias «de la ciencia de la vida», han transformado semillas y genes en mercancías destinadas a ser compradas y vendidas en los mercados globales como alimentos y productos sanitarios modificados genéticamente. De manera parecida, algunos gigantes globales del agua se han afanado por transformar este recurso vital en una mercancía destinada a venderse con ánimo de lucro a quienes pueden permitirse el lujo de pagársela. Es decir, en este momento todo se ofrece en venta al mejor postor, incluidos los genes, las semillas y el agua. Curiosamente, ha sido Gérard Mestrallet, director ejecutivo de Suez, uno de los gigantes globales del agua, quien ha señalado la contradicción básica subyacente a la mercantilización del agua: «El agua es un producto eficiente. Es un producto que normalmente debería ser gratuito, y nuestro oficio es venderlo. Pero es un producto que es absolutamente necesario para la vida».

 


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