México, en situación desesperada
Al sur de la frontera norteamericana el problema se agrava. La ciudad de México fue en otro tiempo un oasis: un centro azteca llamado Tenochtitlán. La ciudad, una auténtica isla, estaba rodeada de lagos y tres caminos elevados la conectaban con la tierra firme. Además de abundantes canales, acueductos, diques y puentes, poseía un puerto de jardines flotantes y baños. Cuando en 1512 la conquistaron los españoles, éstos derribaron todos los grandes edificios aztecas, destruyeron los diques y, aprovechando el trabajo de esclavos de sus habitantes, rellenaron y desecaron los lagos. De acuerdo con las órdenes recibidas, la ciudad de México, capital de Nueva España, debía parecer una gran ciudad española, no una nueva Venecia. También se destruyeron los bosques que protegían su entorno. Durante cinco siglos la población de la ciudad de México se mantuvo sin apenas cambios. En 1845 únicamente contaba con 240.000 habitantes. Después, repentinamente, empezó a crecer. En 1939 superó el millón de habitantes y en la actualidad ronda la impresionante cifra de 22 millones.
Una deficiente planificación urbanística ha dado como resultado interminables extensiones de cemento, que han cubierto el agua restante, tanto de drenaje como de curso libre. Se calcula que el 40 % del agua de sus cañerías se pierde, por el estado lastimoso de unas infraestructuras construidas hace ya un siglo. Cuando llueve, el agua únicamente puede ir a parar al enorme sistema subterráneo, donde se mezcla con las aguas residuales y, bombeada fuera de la ciudad, se aprovecha para regar las zonas agrícolas circundantes.
La presión sobre las fuentes de agua subterránea de la región es, naturalmente, inexorable. En la actualidad México depende de estos acuíferos para el 70 % de su agua y su ritmo de extracciones es entre un 50 y un 80 % más rápido de lo que sería deseable para que dichos acuíferos se regenerasen. Cerca de una tercera parte del agua de la ciudad tiene que bombearse hasta una zona situada a 2.300 metros sobre el nivel del mar, en algunos casos desde una distancia de 300 kilómetros. La ciudad de México se está quedando literalmente sin agua. Los expertos afirman que en los próximos diez años podría experimentar una sequía total.
Durante varias décadas la ciudad ha estado hundiéndose a medida que las bolsas de agua subterránea iban siendo reemplazadas por aire. El proceso, familiar para quienes viven cerca de explotaciones petrolíferas o de carbón, da lugar al conocido fenómeno de los «asentamientos», que unas veces pueden implicar simples hundimientos del terreno y otras auténticos socavones. La ciudad de México fue la primera que experimentó este fenómeno como consecuencia de la extracción del agua, porque se asienta en un subsuelo poroso, parecido a una esponja. Cuanta más agua beben los habitantes de México, más se hunden los cimientos de la ciudad. Las antiguas alcantarillas y cañerías de la ciudad están hechas pedazos y algunos de sus tesoros arqueológicos se agrietan y corren peligro de venirse abajo. Durante décadas, la ciudad no ha dejado de hundirse en el fango y en la actualidad penetra en el subsuelo a un ritmo de aproximadamente 50 centímetros cada año.
La crisis no se circunscribe al valle de México. Años de sequía en el Estado noroccidental de Sonora han dejado la región tan seca como un hueso; el pantano de Batuc, en Sonora, creado hace treinta y cinco años al construirse una presa en el río Moctezuma, se encuentra vacío y nos muestra la imagen fantasmagórica de una iglesia y un cementerio que habían quedado sumergidos en aquel momento. Al norte de Sonora, a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, en las zonas dedicadas al comercio de exportación conocidas como la maquiladora,trabajan como esclavos millones de jóvenes mexicanos, en condiciones inseguras y tóxicas.
Aquí, el agua dulce es tan escasa que a muchas comunidades se les suministra por medio de coches cisterna una vez a la semana. Ciudad Juárez, que crece a un ritmo de 50.000 personas cada año, está a punto de quedarse sin agua, y el acuífero subterráneo sobre el que se asienta la ciudad ha descendido metro y medio cada año. A este ritmo, al cabo de veinte años no se dispondrá de agua potable.