Parar la construcción de presas

El movimiento contra las presas ha constituido la vanguardia de la lucha en favor de los derechos del agua en todo el mundo. Según Patrick McCully, del grupo de vigilancia contra las grandes presas International Rivers Network, durante el último siglo se construyeron unas 4.000 grandes presas en los ríos del mundo, inundando cerca del 1 % de la superficie continental de la Tierra y desplazando a más de 60 millones de personas que, en su mayoría, se convirtieron en pobres como consecuencia de este hecho. Al mismo tiempo, estas presas han provocado indecibles daños en los ecosistemas y la biodiversi-dad. Finalmente, en 1981, la sublevación de varios pueblos indígenas en Filipinas tuvo como resultado la cancelación de un plan financiado por el Banco Mundial para construir una presa en el río Chico. Este hecho desencadenó un auténtico movimiento popular en favor de los ríos y las comunidades ribereñas en todo el mundo.


En palabras de McCully, a través de acciones llevadas a cabo por grupos grandes y pequeños, este movimiento popular ha crecido hasta incluir a miles de grupos que defienden los derechos humanos y del medio ambiente en todo el mundo. A medida que estos grupos han ido ganando influencia, las presas han perdido aceptación como medio de proporcionar
electricidad y agua. Los costes exorbitantes de estos grandes proyectos se han convertido a menudo en una sobrecarga económica para los países que han financiado su construcción, y a menudo las presas no han respondido a las esperanzas puestas en ellas: abundancia de electricidad y de agua a bajo precio, pero el movimiento de protesta ha hecho que cada vez sea más difícil construir grandes presas en los sistemas fluviales de la mayoría de los países. Como señala McCully, la construcción de presas alcanzó la cifra récord de 540 al año en la década de 1970, pero descendió a 200 al año en la década de 1990. De hecho, en 1992 Wolfgang Pircher, presidente de la Comisión Internacional de Grandes Presas, advirtió a la industria que «existe un serio contramovimiento [...] que ya ha conseguido reducir el prestigio de la ingeniería de las presas ante la opinión pública, y está empezando a ponernos trabas en el ejercicio de nuestra profesión».


Aunque son muchas las historias conmovedoras que podrían contarse sobre la resistencia que han suscitado las grandes presas en el mundo, algunas de ellas pueden ayudarnos a comprender el alcance del movimiento. Una primera serie de estas historias procede de países que en su día se movieron en la órbita de la antigua Unión Soviética. En Hungría, a comienzos de la década de 1980, se formó ilegalmente un grupo de ciudadanos independientes denominado «Duna Kor», o el Círculo del Danubio, para detener la construcción de la presa sobre el río Nagymaros. Habida cuenta del carácter autoritario del régimen comunista húngaro, el primer objetivo de Duna Kor fue romper el secretismo que rodeaba el proyecto de la presa sobre el Nagymaros, para lo cual hicieron circular un escrito donde se pedía un debate parlamentario sobre el tema. En 1985, Duna Kor publicó un estudio sobre el impacto ambiental del proyecto. Pero un año más tarde, cuando el grupo ofreció una conferencia de prensa, sus miembros fueron detenidos inmediatamente e interrogados, lo que provocó una marcha de protesta. Estas escaramuzas sirvieron para dar a conocer el movimiento. En octubre de 1988, 15.000 húngaros llenaron las calles de Budapest para protestar contra la presa que se estaba construyendo en el río Danubio. En mayo de 1989, el nuevo gobierno húngaro no comunista detuvo las obras de la presa del Nagymaros, y en octubre de ese mismo año el Parlamento aprobó una resolución que obligaba a abandonar el proyecto.


Una lucha de estas mismas características que se produjo en Guatemala a comienzos de la década de 1980 terminó en una masacre. En 1982, la presa hidroeléctrica del río Chixoy, en Guatemala, financiada conjuntamente por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, estaba a punto de ser terminada. Llegado el momento de realizar el llenado de la presa, los habitantes de la aldea ribereña Río Negro, mayas achi, se negaron a abandonar sus casas y tierras de cultivo. La zona ofrecida por el gobierno guatemalteco para reasentar a los desplazados contaba con casas incómodas y pobres tierras de cultivo. Como respuesta, las fuerzas paramilitares apoyadas por el gobierno llevaron a cabo cuatro masacres en el espacio de ocho meses en 1982: el número total de indígenas mayas achi asesinados en Río Negro fue de 440 personas. «Nos mataron simplemente por reclamar el derecho que tenemos a nuestra tierra», recuerda Cristóbal Osorio, que perdió en la masacre a su esposa, a un hijo de corta edad y a otros 19 miembros de su familia. Y, naturalmente, el ecosistema de Río Negro fue otra de las víctimas. En la actualidad, Osorio preside un comité de 150 familias de Río Negro que perdieron a alguno de sus miembros, así como sus tierras ancestrales en aras de la presa del río Chixoy. Una Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas ha denunciado desde entonces estas atrocidades como un genocidio y la Comisión Mundial sobre Presas ha exigido indemnizaciones como primer paso para corregir pasados errores.

 


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