Presas y pantanos
Son muchos los gobiernos de todo el mundo que, ante el aumento de la demanda de agua, han buscado la solución en la construcción de más presas y en el desvío de más ríos. Ya en las civilizaciones más antiguas, desde los romanos a los mayas, se recurrió a la construcción de acueductos y complicados sistemas de riego. La presa más antigua de que tenemos noticias se construyó en Egipto hace aproximadamente unos 4.500 años; era de tierra, como todas las presas hasta la invención del cemento. Pero la canalización natural del agua sufrió un cambio definitivo cuando el hombre comenzó a construir gigantescas estructuras permanentes de alta tecnología para aprovechar el poderoso curso de algunos ríos.
A lo largo del siglo XX se han construido 800.000 pequeñas presas y cerca de 40.000 grandes presas (de una altura superior a cuatro pisos), de las cuales más de cien son verdaderos monstruos de más de 150 metros de altura. De estas últimas, la inmensa mayoría han sido construidas a partir de 1950. La nación que posee el mayor número de presas es China, y tras ella van Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, Japón y la India. Como consecuencia de estas construcciones, más del 60 % de los ríos del mundo son aprovechados actualmente. En Estados Unidos, sólo el 2 % de sus ríos y corrientes corren libremente y sin obstáculos artificiales. Con una diferencia considerable, en Canadá es donde se han desviado más ríos de sus cuencas originales. En conjunto, los pantanos creados con las presas han inundado cerca de un millón de kilómetros cuadrados y retienen un volumen de agua seis veces más grande que todos los ríos del mundo juntos.
La construcción de las presas obedece a varias razones: para producir electricidad, para facilitar la navegación, para abastecer de agua a ciudades y campos de cultivo, y para controlar las inundaciones. Si en otro tiempo simbolizaron el dominio del hombre sobre la naturaleza, las grandes presas han ido perdiendo prestigio a medida que han ido acumulándose las pruebas de su enorme impacto ecológico. Como se describe minuciosamente en el libro Silenced Rivers que Patrick McCully publicó en 1996, el problema de los pantanos radica sobre todo en las tierras anegadas. La inundación de la vegetación terrestre crea el habitat requerido por las bacterias que absorben el mercurio que pueda estar depositado en un determinado suelo. Los pantanos transforman este mercurio de forma que los peces pueden ingerirlo, y posteriormente el mercurio entra en la cadena alimenticia. En este estado, el mercurio sufre un proceso bioacumulativo, de forma que cuando los seres humanos lo ingieren puede resultar mucho más letal que en su forma original. Así fue como los indios cree del norte de Quebec llegaron a acumular tan elevados niveles de mercurio en sus sistemas. El 64 % de los cree de la zona que comieron pescado procedente de las aguas desviadas hacia el imponente proyecto hidroeléctrico de la bahía de James ingirieron niveles peligrosos de este elemento venenoso. El envenenamiento por mercurio puede provocar ceguera, fracasos reproductivos y daños cerebrales.
Los pantanos contribuyen también al calentamiento global, en la medida en que la vegetación sumergida y en proceso de descomposición lanza a la atmósfera ingentes cantidades de dióxido de carbono y de metano, dos importantes gases de efecto invernadero. Un pantano al servicio de una central hidroeléctrica puede generar en determinadas ocasiones la misma cantidad de gases con efecto invernadero que otra central alimentada con carbón. Según McCully, el caso más famoso de anegación en gran escala de una selva se produjo en América del Sur. La presa de Brokopondo, en Surinam, inundó 1.500 kilómetros cuadrados de selva tropical: el 1 % del país. La descomposición de la materia orgánica en este pantano poco profundo desoxigenó gravemente el agua y provocó emisiones tan altas de sulfuro de hidrógeno, un gas corrosivo y hediondo, que los trabajadores se vieron obligados a llevar máscaras durante dos años, desde que en 1964 se empezó el llenado de la presa.
Además, el tremendo peso del agua en una cuenca que no estaba diseñada para retenerla deforma la corteza terrestre que la sustenta, dando lugar en ocasiones a terremotos. En la actualidad tenemos pruebas que vinculan ciertos temblores de tierra con unas 70 presas. De hecho, el desplazamiento del peso debido a la acumulación de tan enormes cantidades de agua por medios tecnológicos está afectando ya al movimiento de rotación de la Tierra. Algunos geofísicos creen que las presas han alterado ligeramente la velocidad de rotación de la Tierra y la forma de su campo gravitatorio.
Presas y pantanos ejercen un enorme impacto en ciertos ecosistemas locales. Cuando la sedimentación sobre los lechos de los ríos es masiva pueden bloquearse los canales del agua. Esta es la principal razón de por qué tantos ríos no logran ya desaguar en el mar. Las presas, al multiplicar varias veces el área de la superficie del agua expuesta al sol, especialmente en los climas tórridos, pueden provocar también la evaporación de grandes cantidades de agua. Cada año se evaporan unos 170 kilómetros cúbicos de agua de los pantanos de todo el mundo, casi un 10 % de la cantidad global de agua dulce que se consume en el ejercicio de las principales actividades humanas a escala mundial. Esto trae consigo que en nuestros ríos se sedimenten enormes cantidades de sal; ahora bien, la elevada salinidad en muchos de los más importantes ríos del mundo destruye los humedales y la vida acuática e inutiliza el suelo del entorno.
También se ven muy afectados los peces, especialmente aquellas especies que, como el salmón, emigran. Cuando llegan a una presa, tratan de salvar el obstáculo, cosa que no consiguen nunca; es más, muchos mueren al intentarlo. Después de una presa el caudal de un río es necesariamente más reducido. También este hecho resulta mortífero para el habitat de los peces, porque las aguas se calientan más fácilmente y pierden el oxígeno. Antes de que se construyese la presa en el río Columbia, dos millones de peces aproximadamente volvían cada año para desovar; en la actualidad, ese número se ha reducido a la mitad. En Tailandia, con posterioridad a la construcción de la presa PakMun, las 150 especies de peces que habían tenido su habitat en el río Mun han desaparecido prácticamente. Después de cinco años de investigación y estudio, los científicos que habían colaborado con la World Conservation Union informaron a la Comisión Mundial sobre Presas, financiada por las Naciones Unidas: «Concluimos que [...] los proyectos de presas son la principal causa que pone en peligro y destruye la biodiversidad que tiene por habitat el agua dulce».
En la actualidad, todas las naciones, las industrializadas y las que todavía no han iniciado el camino del desarrollo, están atrapadas en una red de lagos tóxicos, tierras de cultivo convertidas en desiertos, y prácticas derrochadoras del agua que amenazan la vida y el bienestar de sus ciudadanos. Al tratar de mejorar esta situación inviniendo en proyectos como el drenaje de humedales y la construcción de presas, algunos gobiernos bienintencionados han sentado las bases de un sistema que se está volviendo contra la gente a la que pretendía servir. Pero ahora que somos conscientes de los efectos dañinos —e incluso catastróficos— de muchas de estas prácticas, no existe ya razón alguna para continuar por el mismo camino. Desgraciadamente, en este terreno no es fácil dar marcha atrás. Por una parte, hay que contar con la inercia que cunde fácilmente entre los seres humanos cuando éstos se enfrentan a la necesidad de cambiar. Por otra parte, están los gobiernos ciegos y malintencionados y la avidez empresarial que unen sus fuerzas y aceleran el paso para conseguir un objetivo común: envenenar y echar a perder el agua. Al final, gobiernos y empresas pagarán un alto precio por ello, pero, mientras tanto, muchos ciudadanos privados están sufriendo las consecuencias de esta política respecto del agua.