Privilegio de pocos
Si bien es verdad que la desigualdad en lo referente al agua refleja las desigualdades existentes entre los países industrializados y los no industrializados del mundo, las diferencias se producen también en el seno de las sociedades individuales. Curiosamente, la gente más pobre de los países pobres paga por su agua mucho más que los ricos de su misma sociedad.
El agua municipal, subvencionada por los gobiernos, se suministra a los ricos; la gente de clase media puede instalar un pequeño depósito para llenarlo de agua, o cavar un pozo. (Los más ricos de entre la clase media pueden arriesgarse a hacer perforaciones más profundas cuando el agua del pozo empieza a faltar.) En cambio, el pobre compra el agua en un bidón a transportistas privados que en algunos casos han encarecido hasta cien veces la tasa del agua suministrada por el ayuntamiento.
Anne Platt, del Instituto de Vigilancia Mundial, informa de que una familia perteneciente a los grupos de renta alta en Perú, República Dominicana, o Ghana tiene respectivamente tres, seis y doce veces más probabilidades de estar conectada a la red de distribución municipal que una familia de renta baja en esos mismos países. Según Platt, al no tener acceso a los servicios financiados con dinero público, los pobres a menudo terminan pagando más cara el agua que los ricos, porque se ven obligados a obtenerla de fuentes ilegales o de vendedores privados.
Algunos ejemplos. En Lima, capital de Perú, los pobres pueden verse obligados a pagar hasta tres dólares por el metro cúbico de agua, que luego han de almacenar en cubos y que a menudo está contaminada. En cambio, los más ricos pagan 30 centavos por metro cúbico de un agua que ha sido sometida previamente a procesos de descontaminación y que los interesados reciben a través de los grifos en sus casas.
Los habitantes de los tugurios de las laderas de Tegucigalpa, capital de Honduras, pagan sustancialmente más cara el agua que les suministran proveedores privados con coches cisterna, hasta el punto de que les resultaría incluso más barato pagarle al gobierno la instalación de cañerías para el agua. En Dhaka, capital de Bangladesh, los intrusos que se instalan ilegalmente en las afueras de la ciudad pagan el agua a un precio doce veces más alto que el de las tarifas locales del agua. Finalmente, en Lusaka, Zambia, las familias de renta baja gastan por término medio la mitad de sus ingresos para pagar la tarifa del agua.
Las minorías privilegiadas de una nación y los turistas ricos tienen también más facilidades para acceder al agua. En 1994, año en que Indonesia sufrió una sequía importante, los pozos de los residentes se secaron, pero los campos de golf de Yakarta, que ofrecen sus servicios a turistas ricos, continuaron recibiendo 1.000 metros cúbicos de agua por campo y día.
En 1998, en medio de una sequía que al cabo de tres años había secado los sistemas fluviales y mermado aún más los acuíferos, el gobierno de Chipre suministró a los agricultores sólo el 50 % del agua a que tenían derecho, pero, en cambio, a los dos millones de turistas que visitaban la isla cada año les garantizó toda el agua que necesitaban. Y donde se juntan raza y clase social, los privilegios con respecto al agua pueden llegar a ser escandalosos. En Sudáfrica, 600.000 granjeros blancos consumen el 60 % del suministro de agua para el riego, mientras que 15 millones de negros no tienen acceso directo al agua.
En México, la situación no es mucho mejor. En las zonas conocidas como la maquiladora a lo largo de la frontera con Estados Unidos, el agua limpia es tan escasa que los bebés y los niños beben en su lugar Coca-Cola y Pepsi-Cola. En 1995, con ocasión de una sequía que azotó el norte del país, el gobierno cortó el suministro de agua a los agricultores locales al tiempo que aseguraba suministros de emergencia a las industrias de la región, controladas en su mayoría por extranjeros.