Reservas limitadas
A todos nos gustaría creer que las reservas de agua dulce del planeta son ilimitadas, y muchos de nosotros hemos usado el agua como si nunca pudiera acabarse. Pero ese deseo es trágicamente falso. El agua dulce disponible representa menos de la mitad del 1 % de todo el agua de la Tierra. El resto es agua de mar, hielo en los polos, o agua almacenada en el subsuelo que es inaccesible para nosotros. La verdad pura y dura es ésta: la humanidad está mermando, desviando y contaminando las reservas de agua potable del planeta tan rápida e implacablemente que todas las especies de la Tierra —incluida la nuestra— están en peligro mortal. Las reservas de agua de la Tierra son limitadas. No sólo hay la misma cantidad de agua en el planeta que la que hubo en su creación; pero es que además es la misma agua. Sólo una pequeña cantidad puede penetrar en la atmósfera en forma de «cometas de nieve» desde las zonas externas del sistema solar. Pero, aunque la teoría de los «cometas de nieve» fuera cierta, la cantidad de agua de la que hablamos es tan modesta, que no podría hacer nada para aliviar la crisis de escasez.
La cantidad total de agua en la Tierra es de aproximadamente 1.400 millones de kilómetros cúbicos. El naturalista canadiense E. C. Pielou nos ayuda a visualizar esta estadística: si toda el agua del mundo estuviera solidificada en un cubo, cada cara del cubo mediría aproximadamente 1.120 kilómetros de largo, más o menos dos veces la longitud del Lago Superior. La cantidad de agua dulce en la Tierra, sin embargo, es aproximadamente 36 millones de kilómetros cúbicos, un escaso 2,6 % del total. De éste, tan sólo 11 millones de kilómetros cúbicos —es decir, el 0,77 %— cuenta como parte del ciclo del agua, en el que circula de forma relativamente rápida. No obstante, el agua dulce sólo es renovable con la caída de la lluvia. En pocas palabras, los seres humanos únicamente pueden contar con los 34.000 kilómetros cúbicos de lluvia que anualmente forman la «escorrentía» que vuelve a los océanos por los ríos y aguas subterráneas. Esta es la única agua considerada «disponible» para el consumo humano porque puede ser almacenada sin agotar las fuentes limitadas de agua.
La lluvia constituye una parte crucial en el ciclo hidrológico, el proceso por el cual el agua circula de la atmósfera a la tierra y viceversa, desde una altura de 15 kilómetros sobre el suelo a una profundidad de hasta 5 kilómetros por debajo de él. El agua que se evapora de los océanos y sistemas de agua continentales penetra en la atmósfera, creando una envoltura protectora alrededor del planeta. Se transforma en vapores de agua saturados, que crean las nubes y, cuando esas nubes se enfrían, se forma la lluvia. Las gotas de lluvia caen sobre la superficie de la Tierra y se filtran en el suelo, convirtiéndose en agua subterránea. A su vez, el agua subterránea vuelve a la superficie de la Tierra en forma de fuentes, origen de los torrentes y los ríos. A su vez, el agua superficial y el agua del océano se evaporan para volver a la atmósfera, empezando un nuevo ciclo.
Sin embargo, gran parte del agua dulce de la Tierra está almacenada en el interior de la Tierra, bajo la superficie o a una profundidad mayor. Es la llamada agua subterránea, cuyo volumen es 60 veces más grande que el del agua depositada en la superficie. Hay muchos tipos de agua subterránea, pero el más importante es el «agua meteórica»: agua en movimiento que circula como parte del ciclo del agua, alimentan do por encima del suelo a ríos y lagos. Las reservas subterráneas de agua, conocidas como acuíferos, son relativamente estables porque están encerrados en cuerpos rocosos.
Muchos de ellos son sistemas cerrados, es decir, no están alimentados por el agua meteórica. Los pozos y las perforaciones realizadas en acuíferos son fuentes relativamente seguras de agua porque se alimentan de estas enormes reservas, pero, para ser útil durante mucho tiempo, un acuífero tiene que sustituir el agua extraída con agua nueva en más o menos la misma proporción. Sin embargo, en el mundo, la humanidad está extrayendo agua subterránea a un ritmo excesivamente rápido para completar las menguantes provisiones de agua superficial.