Todo esta en venta
De cómo la globalización económica está impulsando la crisis mundial del agua
Si el agua es esencial para la vida misma, ¿es simplemente una necesidad humana básica o constituye en realidad un derecho humano fundamental? Tal fue el tema del debate que saltó a la palestra durante el Foro Mundial del Agua que reunió durante cuatro días a 5.700 personas en La Haya en marzo de 2000. El título del congreso podría hacernos pensar en un encuentro oficial organizado por las Naciones Unidas para tratar el tema de la conservación de los recursos hídricos mundiales, pero no lo era. El Foro Mundial del Agua fue algo muy diferente. Había sido convocado por organizaciones tan influyentes en el mundo de los negocios como la Asociación Global del Agua (Global Water Partnership) y el Banco Mundial y por empresas líderes en todo el mundo en el negocio del agua. Las discusiones giraron en torno a las perspectivas económicas que presentaba la venta del agua en los mercados del mundo entero.
Es verdad que entre los asistentes había funcionarios de las Naciones Unidas. Paralelamente se celebró una Conferencia de Ministros que, aunque no ostentaban responsabilidad alguna, representaban a más de 140 gobiernos. Los auténticos protagonistas fueron los representantes de algunas de las mayores empresas del mundo, que a sí mismas se proclaman salvadoras de la crisis mundial del agua. Entre ellas se encuentran no sólo gigantes mundiales del agua, como Vivendi y Suez sino también importantes conglomerados industriales dedicados a la preparación de alimentos, como Nestlé y Unilever, los proveedores de agua embotellada.
El debate acerca de si el agua debía ser considerada una «necesidad» o un «derecho» no tuvo un interés puramente semántico. Abordó en profundidad la cuestión de quién debe responsabilizarse de asegurar que los seres humanos tengan acceso al agua: la esencia misma de la vida. ¿El mercado o el Estado, las empresas o los gobiernos? Con toda probabilidad, el debate no se habría producido de no haber sido por la presencia de un reducido grupo de asociaciones que representaban a la sociedad civil. Trabajando juntos bajo un estandarte común conocido como «Proyecto Planeta Azul» (Blue Planet Project), representantes de grupos ecologistas, obreros y de interés público, tanto de países industrializados como de otros en vías de desarrollo, hicieron oír insistentemente su voz para que el agua fuese reconocida como un derecho humano universal.
Pero los organizadores del Foro Mundial del Agua tenían otras intenciones. Lo que ellos deseaban era que el agua fuese calificada oficialmente de «necesidad», de manera que el sector privado, a través del mercado, tuviera el derecho y la responsabilidad de suministrar este recurso vital a cambio de un beneficio económico. Por otra parte, el hecho de que el agua hubiese sido reconocida oficialmente corno un derecho humano universal implicaba que los gobiernos debían responsabilizarse de que todos los seres humanos pudiesen acceder al agua, independientemente de que ello reportase un beneficio económico. Al final, los representantes de los gobiernos se doblegaron a los intereses corporativos de los patrocinadores del foro. En una declaración firmada por los funcionarios gubernamentales asistentes a la Conferencia Ministerial se decía que el agua era una «necesidad» básica. No se aludía para nada a que el agua fuese un «derecho» universal.
Lo sucedido en el Foro Mundial del Agua es la historia de la separación del agua de suelo y de «los bienes comunes» a los que pertenece. Es, además, la negación de ciertos puntos de referencia históricos de la democracia consagrados a mediados del siglo XX. Después de todo, en aquel momento se adoptaron, como piedras angulares de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y otros textos complementarios de la misma como las Alianzas Internacionales sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y sobre Derechos Civiles y Políticos. Estos documentos representaron algunos de los hitos supremos en la lucha por la democracia que había caracterizado buena parte de los doscientos últimos años. Y sin embargo, en el umbral del siglo XXI, algo tan fundamental como el agua ha dejado de ser reconocido como un derecho universal por las élites políticas y económicas dominantes. Al ser declarada una necesidad, el agua ha quedado sometida a las leyes de la oferta y la demanda del mercado global, donde la distribución de los recursos se determina a partir de la capacidad de pagar.
Para comprender plenamente estas dinámicas, hemos de analizar de cerca las fuerzas de la globalización económica que en este momento están remodelando las vidas de pueblos, comunidades y naciones. Después de todo, el mundo en que se desata la crisis del agua vive bajo la espada de una economía global dirigida por empresas transnacionales. En estos momentos de globalización económica, los gobiernos han hecho en buena parte dejación de la responsabilidad que tienen de actuar al servicio del interés público o bien común, y, cada vez más, los derechos de las empresas prevalecen sobre los de los ciudadanos. Para comprender las causas de la inminente crisis mundial del agua, hemos de enfrentarnos con estas fuerzas dinámicas de la globalización. Sólo entonces seremos capaces de dar con algunas soluciones.