Combustibles fósiles
Desde que empezó la vida, hace más de tres mil millones de años, los restos de los seres vivos se han enterrado en el suelo o en los lodos del fondo de los ríos, lagos y océanos. Una pequeña proporción —cerca del 0,1 por ciento— del carbono de estos residuos orgánicos no es metabolizada ni fermentada por microorganismos, y se integra por tanto en los sedimentps rocosos.
El carbón negro y el petróleo son prueba tangible de este banco de carbono, pero la mayor parte de él está mucho más diluido y aparece en forma de rocas sedimentarias oscuras. El otro producto de la fotosíntesis, el oxígeno, permanece en el aire. Antes de que empezáramos a interferir gravemente en este proceso natural, el nivel de oxígeno se regulaba mediante el equilibrio entre la cantidad de carbono enterrada y el nivel de eliminación de oxígeno al reaccionar éste con el carbono y otros elementos de las rocas que los movimientos de la Tierra sacaban a la superficie.
El movimiento continuo de las placas tectónicas, impulsadas principalmente por el calor radioactivo del núcleo, levanta cadenas de montañas y expone sedimentos antiguos y enterrados a la atmósfera. Conforme la lluvia, la escarcha y el hielo las van desgastando, el carbono y otros elementos encerrados en ellas se ven expuestos al oxígeno del aire, con el cual reaccionan; el carbono se convierte entonces de nuevo en dióxido de carbono. La oxidación se da sobre todo en microorganismos que obtienen su energía recombinando el carbono y el oxígeno. En el uso natural que les da la Tierra, los combustibles fósiles proporcionan una energía perfectamente renovable, herencia de nuestras formas de vida más ancestrales.
Existe la ingenua creencia de que los combustibles fósiles no son naturales y no son renovables. Esta concepción errónea procede de la visión de los humanos como animales supranaturales: los combustibles fósiles son producto de organismos vivos y no menos naturales que un pedazo de madera. Cuando un accidente en el mar vierte grandes cantidades de petróleo sobre las costas, rocas y cuevas costeras, lo vemos como un desastre medioambiental, y hasta hace muy poco tratábamos de limpiar el petróleo con detergentes. Ahora, con mayor sentido común, dejamos que de la limpieza se encarguen los organismos naturales para los que el vertido es comida.
Cuando quemamos combustibles fósiles para conseguir energía, en términos cualitativos no estamos haciendo nada peor que quemar madera. Nuestro delito, si es que así podemos llamarlo, es extraer energía de la Tierra a un ritmo cientos de veces más rápido de lo que la Tierra puede reponerla de forma natural. Nuestro pecado es cuantitativo, no cualitativo. De hecho, quemar grandes cantidades de madera o cultivos destinados a combustible, algo que se considera erróneamente como energía renovable, es potencialmente más destructivo para el sistema Tierra que utilizar combustibles fósiles. Tanto los combustibles fósiles como los biocombustibles son cuantitativamente no renovables cuando se consumen al ritmo excesivo que requiere nuestra civilización hipertrofiada y adicta a la energía. Como siempre, regresamos a la inevitable cuestión de que, para vivir como vivimos, somos demasiados.

¿Cúanto tiempo podremos sobrevivir de esta manera?