Gas natural
El gas natural parece en muchos sentidos el combustible fósil ideal y se utiliza para producir electricidad en centrales con turbinas de gas que son compactas, muy eficientes y que pueden construirse en o cerca de núcleos de población, para los que son una fuente combinada de calor y energía.
Los gobiernos y las industrias que desean reducir sus emisiones de dióxido de carbono y disminuir su parte de responsabilidad en el calentamiento global han empezado a utilizar gas natural en lugar de carbón o petróleo. El principal componente del gas natural es el metano, el más simple de los hidrocarburos, con sólo un átomo de carbono y cuatro de hidrógeno en su molécula. Para la misma cantidad de energía que el carbón o el petróleo, la combustión de metano produce sólo la mitad de dióxido de carbono. Qué manera más maravillosa de cumplir el objetivo establecido en los acuerdos de Kyoto.
Por desgracia, en la práctica, algo de gas natural siempre escapa a la atmósfera en lugar de quemarse. Según el informe de la Sociedad de la Industria Química de 2004, en escapes se pierde entre el 2 y el 4 por ciento del gas usado. A lo largo de los miles de kilómetros de gasoductos que llevan el gas desde sus yacimientos hasta las centrales eléctricas y los hogares, a pesar del gran cuidado que se pone en evitarlas, se producen fugas. Las mayores suelen darse en los yacimientos, aunque un poco de gas se escapa también cuando lo quemamos en nuestros hogares. Cada vez que lo encendemos una parte va a parar al aire sin quemar y, cuando apagamos la llama, el gas que va del tapón o válvula hasta el quemador también se pierde. Hay millones de hogares que utilizan el gas en la cocina y en la calefacción central, y las fugas, aunque minúsculas a nivel individual, sumadas forman una parte significativa del total de escapes de metano al aire.
El problema de estos escapes de metano es que es veinticuatro veces más potente como gas de efecto invernadero que el dióxido de carbono. Afortunadamente, tiene un período de permanencia relativamente corto en el aire y alrededor de un 8 por ciento se oxida de forma natural cada año. En doce años sólo un 37 por ciento del metano que se ha escapado permanece, el resto se ha oxidado y convertido en dióxido de carbono o vapor. El dióxido de carbono queda durante mucho más tiempo en el aire y es difícil de eliminar. Su período de permanencia real se cifra entre cincuenta y cien años. Alrededor de la mitad del dióxido de carbono que hemos añadido al aire en toda la historia de la humanidad todavía sigue en el aire.
Pero, aun así, el metano debe preocuparnos. Si aproximadamente el 2 por ciento del gas natural usado cada año se pierde en fugas, a lo largo de un período de veinte años causa un pico de calentamiento global equivalente a quemar carbón en lugar de gas natural; con un 2 por ciento de fugas, la ventaja que para Kyoto supone el gas se podría perder en las próximas dos décadas. Si las fugas suponen un 4 por ciento, el efecto invernadero es más de tres veces superior al producido al quemar carbón. La afirmación de que, al mismo nivel de producción de energía, quemar gas natural en lugar de carbón reduce a la mitad la emisión de gases invernadero sólo se confirma si no se producen fugas en ningún punto entre la extracción y las cámaras de combustión.
Es difícil encontrar estimaciones de cuánto gas natural se pierde en fugas. Una breve reseña publicada en Nature en abril de 2004 por J. Lelieveld y sus colegas del Instituto Max Planck de Química de Maguncia, Alemania, informa de que las fugas de los gasoductos rusos son de un 1,4 por ciento, una cifra comparable al 1,5 por ciento en que se han cifrado las que se producen en Estados Unidos. Este informe alemán no da una estimación de los escapes en los yacimientos o de los que se producen en el momento en que se quema el gas, y quizá por ello es menor que el porcentaje de 2 a 4 por ciento que ofreció la Sociedad de la Industria Química en 2004. Es grave que desconozcamos este dato, y debería haber una sección del IPCC dedicada específicamente a estimar la gravedad de las fugas de metano y aportar ideas para prevenirlas.
El problema de estos escapes se agrava por la naturaleza caótica de la política. La mayoría de los yacimientos de gas están en regiones inestables y es casi imposible realizar una supervisión satisfactoria de la extracción. Para un grupo terrorista, un gasoducto es un objetivo sencillo, pues recorre miles de kilómetros a través de zonas abiertas. Saben que unos pocos kilos de explosivo detonados junto al gasoducto pueden causar un daño enorme a la economía de un país. Cuando comprendan la amenaza que suponen para el mundo las fugas de gas, tendrán una carta incluso más poderosa que jugar en su partida de chantaje al mundo. Hoy por hoy, es posible que quemar gas en lugar de carbón no sólo no mejorará nuestras posibilidades de reducir el calentamiento global sino que, de hecho, lo acelerará.